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Javier Milei llegó a Chile como Presidente de Argentina y fue recibido en La Moneda por José Antonio Kast. Esa escena pertenece a la relación entre dos Estados vecinos, con una agenda que incluye integración, seguridad y la controversia reciente sobre el Estrecho de Magallanes. Horas antes, en el Foro Madrid, Milei eligió otro registro. Su intervención convirtió una visita presidencial en una arenga ideológica, una intromisión indebida en política interna y un insulto a parte de los chilenos.
Milei habló de “zurdos mugrosos negadores de la realidad”, presentó a la izquierda como un “cáncer” alojado en las instituciones y dividió el espacio político entre el bien y el mal. También sostuvo que el derrocamiento de Salvador Allende abrió más de cuarenta años de estabilidad y crecimiento, y acusó a los medios de comunicación y a las universidades de socavar la libertad. Cada una de esas frases merece una respuesta democrática clara.
La investidura presidencial exige respeto por la historia y por la ciudadanía del país que lo recibe. Milei cruzó ese límite al reducir nuestra trayectoria democrática a un relato de su batalla cultural. En su discurso, desaparecen la dictadura, las violaciones a los derechos humanos y la complejidad de una transición que a Chile le costó décadas construir y que, por cierto, requirió del sacrificio de líderes de izquierda y derecha.
Las palabras “mugrosos” y “cáncer” exceden cualquier desborde de estilo. Ese lenguaje degrada, insulta al adversario y polariza a una sociedad donde la amistad cívica está debilitada. La democracia liberal reconoce a quien piensa distinto como un ciudadano con los mismos derechos. La retórica de la enfermedad imagina su extirpación. Cuando un líder transforma la competencia política en una guerra entre personas buenas y malas, el diálogo se vuelve una traición y cualquier límite institucional aparece como un obstáculo.
En su mensaje, Milei también aludió a los medios de comunicación. Los describió como espacios desde los cuales se habría socavado la libertad. La prensa cumple la tarea de incomodar a la autoridad, examinar sus afirmaciones, confrontar sus cifras, preservar la memoria y abrir preguntas. Convertirla en sospechosa por definición debilita su rol de contrapeso al poder, que es indispensable para una sociedad abierta.
Chile conoce el costo de dividir a la sociedad entre patriotas y enemigos. También conoce el valor de las reglas que permiten disputar el poder y convivir después de cada elección. La convivencia democrática demanda convicciones firmes, límites claros y un lenguaje que preserve la dignidad de quienes discrepan.
La relación con Argentina debe fortalecerse y las diferencias deben resolverse con seriedad institucional. Esa tarea se vuelve más difícil cuando una visita presidencial sirve de plataforma para alimentar la polarización interna. El mensaje de Milei en el Foro de Madrid terminó recordándonos que la libertad se debilita cuando se usa para insultar y despreciar.
Fuente: The Clinic