El 17 de julio de 1959, en el Metropolitan Hospital de Nueva York, un policía custodiaba la puerta de una habitación. Al otro lado, una mujer agonizaba por graves complicaciones cardíacas. Lejos del sonido del jazz, de los aplausos que alguna vez llenaron los salones y sin las gardenias en el cabello que se convirtieron en su sello, Billie Holiday se apagaba a los 44 años.
Con su muerte terminaban también los claroscuros de una vida vertiginosa, marcada por la pobreza, el racismo, relaciones tormentosas y las adicciones, pero también por una voz irrepetible, capaz de elevar cualquier canción con un fraseo que se movía entre la elegancia y una profunda carga emocional.
De acuerdo al sitio American Songwriter, la cantante nacida en Filadelfia “utilizó las experiencias más turbulentas de su vida para crear grabaciones de jazz atemporales”.
Sin embargo, para comprender cómo una de las voces más influyentes de la historia del jazz terminó sus días bajo vigilancia policial, sola y postrada en una cama de hospital, es necesario retroceder hasta el comienzo de su historia.
De Eleonora Fagan a Billie Holiday
El 7 de abril de 1915 nació en Baltimore bajo el nombre de Eleonora Fagan. Era hija de dos adolescentes: Sarah “Sadie” Fagan, de apenas 13 años, y Clarence Halliday, de 15.
Su infancia estuvo marcada por las dificultades. Su padre la abandonó y, cuando tenía solo 11 años, sobrevivió a un intento de violación. Fue también en esa época cuando la música apareció por primera vez en su vida. Mientras trabajaba llevando recados en un burdel, escuchó por primera vez a Louis Armstrong y a Bessie Smith, dos artistas que terminarían moldeando su forma de cantar.
En 1928 se mudó junto a su madre a Nueva York. La llegada coincidió con los años de la Gran Depresión, que dejó a su familia sin ingresos y obligó a la adolescente a buscar cualquier trabajo disponible.
Su primera intención fue convertirse en bailarina. Se presentó en un club nocturno, pero no consiguió convencer con sus pasos. Entonces le preguntaron si sabía cantar. Respondió que sí y consiguió el empleo. Para esa nueva etapa tomó el nombre de su actriz favorita, Billie Dove, y adaptó el apellido de su padre. Así nació Billie Holiday.
A comienzos de la década de 1930, mientras actuaba en clubes de Harlem, llamó la atención del clarinetista Benny Goodman, quien la invitó a participar en una sesión de grabación. Aquella fue la primera de muchas colaboraciones que siguieron junto al pianista Teddy Wilson y al saxofonista Lester Young, quien le dio el apodo que la acompañaría para siempre: Lady Day.
El extraño fruto que cambió su destino
Para 1939, con apenas 23 años, era una de las principales figuras del Café Society de Nueva York. En ese entonces ya lucía las gardenias blancas en el cabello y había desarrollado el estilo interpretativo que la convirtió en una leyenda.
Fue allí cuando estrenó Strange Fruit, una canción basada en un poema que denunciaba los linchamientos raciales en Estados Unidos. La interpretación la convirtió en una artista de alcance internacional, pero también la puso en la mira de las autoridades en una época donde primaba el racismo y la segregación. Holliday comenzó a estar bajo vigilancia.
Su enfrentamiento con las autoridades estadounidenses se intensificó durante los años siguientes. Mientras su fama crecía más allá de las fronteras del jazz, también lo hacían sus problemas con las drogas y el alcohol.
En 1947 fue arrestada por primera vez por posesión de narcóticos. Tras la condena decidió ingresar voluntariamente a un centro de rehabilitación para intentar superar su adicción a la heroína.
Aunque regresó a los escenarios con un multitudinario concierto en Carnegie Hall, la condena le costó la pérdida de su licencia para actuar en los clubes nocturnos de Nueva York. Desde entonces solo pudo presentarse de forma esporádica en teatros y salas de conciertos.
En su autobiografía, Holiday reconoció que comenzó a consumir drogas duras durante su matrimonio con el trombonista Jimmy Monroe. Más tarde mantuvo una relación marcada por la violencia con el trompetista Joe Guy, también vinculado al tráfico de narcóticos.
El ocaso de Lady Day
Ya entrada la década del 50, las adicciones, junto a un deteriorado estado de salud producto de ellas, comenzaron a afectar su voz. En 1959 ya padecía cirrosis, había perdido cerca de nueve kilos y sufría un evidente deterioro físico.
De acuerdo a The New York Times, en junio de ese año fue arrestada nuevamente por posesión ilegal de narcóticos mientras permanecía internada en el Metropolitan Hospital debido a su delicado estado. Durante semanas permaneció bajo custodia policial hasta poco antes de fallecer.
El 15 de julio recibió la extremaunción. Dos días más tarde, durante la madrugada del 17 de julio de 1959, Billie Holiday murió producto de un edema pulmonar y una insuficiencia cardíaca derivada de la cirrosis provocada por años de abuso de sustancias.
El escritor Gilbert Millstein, cercano a la cantante recordó así aquel momento:“En la cama en la que había sido arrestada por posesión ilegal de narcóticos poco más de un mes antes, mientras yacía mortalmente enferma; en la habitación de la cual una guardia policial había sido retirada —por orden judicial— apenas unas horas antes de su muerte."
Pese al trágico final de Lady Day, su música trascendió el tiempo. Hoy es considerada una de las figuras más influyentes de la historia del jazz, una artista que desafió los límites de su época y convirtió las heridas de su vida en una voz que transformó el género para siempre.
Fuente: La Tercera