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Alba Gaviraghi: el vuelo de una nueva voz del cine chileno

Periodista reportando noticias

Poco antes de la pandemia, Alba Gaviraghi (Santiago, 1992) tuvo un sueño que mezclaba drones y una toma estudiantil muy parecida a la que vivió en el año 2008, cuando estaba en 2° Medio en el Liceo 7. Las imágenes revividas por ese sueño –pernoctar en la sala de clases, hacer turnos con sus compañeras, recibir cigarros y dulces de su mamá a través de una reja– se quedaron con ella y la impulsaron a estampar esas ideas en un guion.

Ese proceso creativo dio como resultado Una fortaleza, su primer cortometraje como directora y guionista, que acaba de ser seleccionado por la 83° edición del Festival de Venecia, que se celebrará entre el 2 y el 12 de septiembre. Protagonizada por un elenco con varias caras nuevas, la cinta de 14 minutos sigue a Antu (Antonia Pereira), una joven que debe decidir si continuar participando en la movilización junto a sus compañeras o volver a casa junto a su mamá (Francisca Gavilán).

El corto Una fortaleza

Graduada de la Universidad de Chile en 2016, Gaviraghi ha tenido una destacada trayectoria en la producción del cine local de la última década (los cortos Sigo acá y El verano del león eléctrico; Nunca subí el Provincia, de Ignacio Agüero). También integró los equipos de MAFI y Fidocs, y participó como productora ejecutiva en desarrollo de La misteriosa mirada del flamenco, la película de Diego Céspedes premiada en el Festival de Cannes 2025.

Con Una fortaleza se sitúa por primera vez en la dirección. En entrevista con Culto, reconoce que al principio tuvo miedo de dar ese paso. “Dirigir implica detener tu carrera de productora al menos durante un tiempo. Fue difícil tomar la decisión”, señala sobre una encrucijada que resolvió en 2019, cuando tuvo el mencionado sueño y se le generó un espacio en su agenda para emprender una aventura propia (también es productora y montajista del cortometraje).

La realizadora cuenta que postuló varias veces al Fondo Audiovisual, sin éxito. En tres ocasiones los comités evaluadores argumentaron que “le faltaba el discurso político” y “no se entendía por qué las chicas estaban en la toma”. Admite que intentó incorporar ese consejo, pero no llegó a puerto. Finalmente, en una cuarta postulación –y tras reafirmar que se mantendría fiel a su concepto original–, se adjudicó el apoyo de la instancia otorgada por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Foto: Luz Andrea Sierra

Con un cruce de elementos que remiten a diferentes épocas –vestuario propio de los 80 o 90, un dron–, Una fortaleza se esmera en retratar las dinámicas que ella misma observó y vivió hace casi dos décadas.

“La mayor parte del tiempo no estábamos hablando de política. Hablábamos de cómo estaba cada una, de quién se llevaba bien o mal con quién, de los papás, de las carreras. Se daba una interna que distaba mucho de, por ejemplo, una película francesa donde se desenvuelve la teoría política en todo momento”, indica.

-¿Qué particularidades de Una fortaleza cree que gustaron al Festival de Venecia?

Yo creo que algo que les puede haber gustado a Venecia es este nuevo acercamiento a la política latinoamericana, desde un lugar más corrido, más ambiguo. Y también que tiene un toque de cine de género. En general este tipo de festivales que tienen un poquito más de riesgo en sus propuestas autorales se están inclinando a que haya obras que tengan algo más de género. Y yo, sin darme cuenta, ahora siento que la pieza tiene una tensión casi trileresca, con el dron, con el encierro, con las miradas, con el miedo al desalojo. Se genera una especie de tensión que está más cerca del thriller que del coming of age. Pienso que quizás eso les pareció atractivo.

-En el corto nunca se ve el rostro de la madre. ¿Siempre estuvo escrito de ese modo? ¿A qué obedece?

Siempre estuvo escrito así, sin que se viera el rostro de la mamá. Obedece a concentrar la figura materna en eso, en una figura, no en un personaje. Cuando tú le pones cara y nombre a un cuerpo en pantalla, es un personaje. Y tiene que tener su historia, su vida. A mí, más que crear una madre, me importaba crear un símbolo de madre. Sentía que para eso ayudaba mucho el fragmentar, mostrar poco o sólo mostrar la espalda o la nuca.

Una fortaleza

-Más allá de lo que propone en Una fortaleza, ¿siente alguna afinidad con el cine político más tradicional?

El cine político me encanta, pero creo que la política ha cambiado demasiado como para que siga siendo el mismo cine político. Hoy por hoy la política es algo completamente nuevo y el cine político tiene que renovarse con ello. La política ahora se hace desde los celulares, vuelven las ultraderechas... Si antes uno veía el apretón de manos entre presidentes, ahora son peleas en Twitter. Todo es una desvirtuación total de lo que entendíamos como política y por ende el sujeto social y el sujeto político cambian. Y ante eso también tiene que cambiar el cine que acoge esa política. No puede seguir siendo discursivo, teórico, francés. Tiene que habitar otras formas.

-La anterior cinta chilena que abordó una toma fue La ola. ¿Qué opinión tiene de esa película?

Creo que La ola, por sobre todo, es un ejercicio estético de exaltación. Es una película que tomó riesgos en torno a un género muy poco explorado en Chile como lo es el musical y que decidió, para bien o para mal, situarse en un contexto político que no es fácil de abordar. Quizá tienes que haberlo vivido para hablar con la propiedad que se espera, pero no hay que perderse en que es una película de hiperficción y su vocación no es la realidad. Por supuesto, hay otro tipo de obras que están más cercanas a lo real, pero tampoco es lo que yo quise hacer con el corto. No van a encontrar lo evidente en términos de consignas o discursos, sino una emoción y una vivencia reconocible, pero que está tratada desde el borde, no desde lo central. En ese sentido, todos los procesos artísticos que subvierten o distorsionen lo esperable sobre este tipo de movimientos y acciones políticas me parecen valiosos de mirar o estudiar, más allá de gustos y resultados.

La directora en el set de Hijas únikas

La cinta de una vida

Alba Gaviraghi ha trabajado en varias productoras audiovisuales de renombre. Giancarlo Nasi, productor de Quijote Films, la contactó en una época en que la compañía detrás de Blanquita (2022) y La misteriosa mirada del flamenco ampliaba su ambición y tamaño. La convocó específicamente para que tomara el liderazgo del departamento de desarrollo, un área dedicada a que los proyectos den sus primeros pasos y se posicionen en la industria.

“Es un trabajo intensamente creativo que, además, exige mucha resiliencia; hay mucho rechazo en el camino. Alba es de las pocas personas capaces de unir tan bien los lados creativo y emprendedor”, asegura Nasi a Culto, junto con resaltar “su personalidad extrovertida, su solidaridad y su agudeza”.

“Lo que más me gusta de ella es que es una rebelde natural. Te va a decir de forma directa si algo está mal o si está en desacuerdo, y como es extremadamente perfeccionista, también te dice de frente cómo mejorar”, agrega.

Foto: Luz Andrea Sierra

Leonora González, una de las fundadoras de Parox, también trabajó de cerca con ella. “Colaboró con nosotros en las etapas iniciales de varios de los proyectos que estamos ejecutando en este momento. Alba es una persona muy conectada con la realidad, curiosa, con un juicio crítico muy agudo y también con sentido de la entretención y amante de la cultura pop”.

Aunque coinciden en que saltar de la producción a la dirección es una tarea difícil y no muy habitual, ninguno está demasiado sorprendido de que haya decidido adoptar ese rol.

“No es algo fácil porque es un camino largo que requiere de mucha convicción, tiempo y energía. Pero a Alba le sobra talento y punto de vista. Tenía un guion con una historia muy hermosa y original, nacida de su vivencia familiar. Un guion que hoy es una película y que estoy segura que va a tener éxito porque es muy auténtica, entretenida y sensible”, plantea González.

La productora se refiere en específico a Hijas únikas (sí, con k), el primer largometraje de Gaviraghi como directora. Filmada entre mayo y junio de 2025, la cinta se basa en experiencias propias y recoge vivencias de su familia y de amigos. En vez de ocupar el término “autobiográfico”, prefiere otro: “autoficción”.

El filme gira en torno a Antonia (Antonia Pereira, la misma protagonista de Una fortaleza), una joven de 16 años que necesita obtener el permiso de su padre ausente para poder ir a su gira de estudio a Argentina. Con las protestas estudiantiles de 2006 como telón de fondo, la adolescente vive un periplo en el que se reencuentra con una media hermana a la que no conocía y redescubre el vínculo con su mamá.

“Aún estamos buscando estreno internacional, pero queremos que llegue pronto a los festivales y salas nacionales, porque a Equeco y a mí nos interesa sobre todo la recepción del público chileno. Hijas únikas es una película muy chilena. Entre los Pokemones, la Revolución Pingüina, los Papitos Corazones, esperamos que invite a un reencuentro generacional que dé para hablar y reflexionar harto acá con su público. Terminamos hace poco el montaje y el plan es finalizar la postproducción también pronto”, detalla sobre el proyecto que junta los esfuerzos de Agosto Cine, Equeco (Denominación de origen) y compañías de Alemania y México.

Giancarlo Nasi conoce los pormenores de su corto y su largo, y puede hablar con propiedad del resultado de ambos. “La calidad no me sorprende. Lo que sí me sorprendió muy gratamente es lo honestos que son sus trabajos: con ella misma, con su personalidad, con el mundo y con la época en la que creció. Son historias jóvenes, frescas, muy distintas a otras obras chilenas. Son honestas a más no poder. Solo Alba Gaviraghi podría haberlas hecho. Es una cineasta en el sentido más profundo y amplio de la palabra”, analiza.

Una fortaleza

-¿Hasta qué punto las protagonistas del corto y del largo representan a la persona que era durante esos años?

Durante la creación de los personajes uno trata de desmarcarse un poquito de esos recuerdos o aceptar que uno ha crecido, pero pude conectar muy rápidamente con mi adolescente interior, que sigue muy vivo... Demasiado quizás. Las ideas fluyeron y me acordaba de manera latente de cosas que sentía, más que quizá de cosas que hacía. Y las empecé a poner en el papel, en el corto y en el largo. ¿Qué hubiera hecho yo en ese momento? ¿Cómo me sentía? ¿Qué pensamientos tenía?

“Conectar con las cosas que importan a esa edad, y no verlo desde una mirada adulto-centrista, fue la clave para poder volcar a esa niña interior. Es decir, estos sentimientos y estas emociones son válidas, y corresponde que desde el cine le demos ese espacio en vez de siempre mirarlas desde el concepto de crecimiento. Siento que mi personaje en el corto no crece. En la película tampoco hay tanto arco de crecimiento. No creo que el crecimiento sea eso, una cuestión que te pasa de un día para otro o en una etapa específica de la vida. Tu niño, tu joven y tu adulto siempre están integrados en uno como persona”.

-Hacer un coming of age siempre parte desde un lugar algo nostálgico. ¿Se considera una cineasta nostálgica?

Quizás el ejercicio para llegar a la idea tiene algo de nostalgia. Pero a la hora de poner esa idea en la puesta en escena, no me interesa transmitir nostalgia. Por eso el corto tiene ese juego con la temporalidad. Y si bien en el largo hay cosas de 2006 que generan mucha nostalgia –el reggaetón, el Fotolog–, está narrado desde la acción continua de un personaje que está viviendo su presente. Las dos películas contienen una perspectiva muy adolescente desde dentro; no se miran a sí mismas con nostalgia. No quiero generar nostalgia, que siempre te tira al pasado. Quiero generar una reflexión sobre cómo pasado, presente y futuro pueden a veces ser lo mismo.

Una fortaleza

Admiradora de Raúl Ruiz y Dominga Sotomayor (“serían mi padre y mi madre”, dice), visualiza un futuro en que filmará nuevas películas como directora, aunque no se cierra únicamente a ese rol. Sin ir más lejos, acaba de debutar como asistente de dirección –en la nueva película de Roberto Doveris– y esta llana a explorar otras posiciones.

“Agradezco poder vivir de lo que me gusta, nunca haber parado de hacer películas y de estar involucrada en distintos procesos. Eso es lo que me llena. Entonces, cuando lo que me llena está ahí, yo voy y lo tomo. Mientras con más proyectos y más personas pueda trabajar, mejor“, finaliza.

Fuente: La Tercera

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