Antes de la pandemia, la noche santiaguina se movía bajo códigos que hoy parecen lejanos: afiches pegados torpemente en postes, flyers circulando por Facebook, mensajes de último minuto avisando cambios de horario o de local. Y nombres. Siempre los mismos nombres. La escena —sobre todo en los circuitos alternativos— era pequeña y reconocible.
DJs como Alejandro Vivanco, Inguerzon, Pato Soto, Lorena Manz o el fallecido Dorian Chávez dominaban cabinas en circuitos que iban desde clubes consolidados en el eje Santiago Centro-Providencia —como la discoteque Blondie, El Tunel o La Feria—.
Por esos años, el monto que se podía ganar por evento era muy variable. Algunos locales indican que el promedio rondaba los 100 mil por noche. Otros mencionan que era entre 30 mil y 40 mil la hora.
Nicolás Huerta (31) creció en este ecosistema. “Yo iba a las fiestas, como la Punch en el Caupolicán o Espacio Riesco, miraba y decía que bacán”, recuerda. Aquellos DJs y ese ambiente, asegura, inspiraron la ruta profesional que tomaría más tarde.
Comenzó a mezclar a los 13 años, poniendo música en las kermesses de su colegio y el de sus cercanos. Asegura que partió como un hobby, pero eso cambió apenas cumplió la mayoría de edad: decidió mandar un set a un concurso de la discoteque Blondie y esperó. “Mi sueño siempre fue tocar en Blondie. No pensé que iba a pasar”, dice.
Pero pasó.
En esos años el mercado funcionaba de una forma simple. No existían métricas, ni presión por generar contenido constante. “Era voy nomás y veo qué pasa”, resume Huerta.
El DJ Bruno Borlone (45) también reconoce esa dinámica. Su paso por el ambiente nocturno de Recoleta lo llevó por El Clan, el Onaciu y el Bar Loreto, lugares predilectos de la escena alternativa .
La noche santiaguina parecía un espacio seguro para el negocio de la entretención. Mauro Hernández (33) se dio cuenta de eso en 2015, cuando emigró de Pocura, Región de Los Ríos, hasta la capital para vivir de la música. Le resultó bien. Incursionó hacia clubes del sector oriente y festivales. Recuerda que eran un nicho cerrado y que “en clubes, por noche tocaba un solo DJ. Hoy son mínimo dos y en fiestas puntuales masivas llegan hasta a ser tres”.
Kitsch-Blondie-2-ok.jpg la-tercera
Sin embargo, ser DJ era un oficio caro. Cuando Huerta compró su primera controladora —el equipo digital que permite mezclar música junto a un computador—, hace casi dos décadas, equiparse implicaba fácilmente varios cientos de miles de pesos. “Fue una inversión, en ese tiempo, de 200-300 lucas”, recuerda. Pero, en su opinión, valía la pena.
Llegó a tocar todas las semanas. Esas fechas comenzaron a engrosar su presupuesto y era dinero que le servía para pagar los gastos de su carrera, Pedagogía en Música. Además, le permitió sostener una rutina que, señala, iba en ascenso.
Eso, hasta que en 2020 llegó la pandemia.
La noche santiaguina, y el mercado de quienes ponían música en sus fiestas, ya no sería el mismo.
Los retadores
Durante la pandemia, varios locales tuvieron que reinventarse para sobrevivir a las restricciones por la emergencia sanitaria. Desde Blondie, por ejemplo, indican que estuvieron con el local cerrado casi dos años. Otros, en cambio, cerraron definitivamente. Carola Caselli, ex dueña del bar El Clan de Bellavista, uno de los caídos de esa época, señala que ya no iba ni el 25 % de su público habitual: “La gente tenía preferencia por espacios abiertos, también hacían reuniones en otros horarios, más temprano y también mucho de reuniones en casa. El cierre del Clan tiene que ver con esos cambios de hábitos”.
La industria se mantuvo así casi dos años, hasta finales de 2022, cuando las fiestas que sobrevivieron volvieron a abrir sus puertas. Todo era incertidumbre y cambios. Una oferta de locales reducida, aforos, y mesas en las calles.
Locales nocturnos en Plaza Ñuñoa. Andres Perez
Sin embargo, hubo otro fenómeno que nadie veía avecinarse: la aparición de una nueva generación de DJs nacidos en la pandemia, que comenzó a mostrarse en livestreams, sets grabados en dormitorios y transmisiones improvisadas desde escritorios convertidos en cabinas que comenzaron a proliferar por internet. La figura del DJ, históricamente ligada al club, comenzó a circular masivamente en las pantallas.
Se armaron proyectos como el de Radio Blondie, transmisión 24/7 donde invitaban DJs y entrevistaban a artistas. “Resultó muy bien. Nos permitió continuar con la marca y crear vínculos nuevos”, señalan desde el local.
Huerta, cuando volvió a tocar en Blondie, entre mascarillas, un aforo de 70 personas y enmarcaciones en el piso para mantener distancia, lo notó de inmediato: “Me encontré con mucha gente nueva, jóven, que se me acercaba y decía que eran DJs recién partiendo, otros me pedían ayuda”, recuerda.
Además, indica que la mayoría de estos no manejaban los equipos con precisión, debido a que varios de los nuevos creadores mezclaban pistas solo de manera digital. “Se armó un nuevo nicho. Era un circuito de gente joven que empezó a hacer sus propias fiestas”, asegura Huerta.
Nicolás Huerta- DJ Ni-HOO en Blondie discoteque
Por su parte, Bruno Borlone asegura que la pandemia no solo redujo los espacios para el carrete, sino también la variedad de estos: “todo se ha reducido al reguetón y a la electrónica”.
En esos años, el reguetón había sumado fuerzas. El éxito internacional de artistas como Bad Bunny —que en 2020 lanzó su álbum YHLQMDLG, número 1 en la lista de álbumes latinos del siglo según Billboard— habían instalado en las fiestas al género urbano como un obligado en el set de cualquier DJ.
Bárbara Urrutia (28) fue una de las que entró a ese universo en plena pandemia. Para ella, nacida en Osorno, el punto de partida, como lo fue para muchos, estuvo en el encierro y el tiempo libre. En 2020 dejó su trabajo de técnico en enfermería en una urgencia y un amigo le prestó una tornamesa. Además, asegura, la tecnología ayudó: controladores más accesibles, software intuitivo y muchos videos explicativos en YouTube. “Hay miles de tutoriales de cómo ser músico, artista, influencer etc. Uno siente que el sueño de ser músico está más cercano que antes”, señala Urrutia, ganadora del Red Bull Turn It Up 2025, competencia de DJs de género urbano en el país.
Al mes de empezar, ya estaba tocando en bares del sur. En 2022 emigró a Santiago, en búsqueda de productoras que la contrataran.
Camilo Ebensperger (37), DJ hace 20 años y productor de fiestas electrónicas, observa ahí un quiebre estructural. “Se democratiza una herramienta”, explica. La pandemia, dice, no solo encerró personas, también expandió prácticas creativas que antes eran poco accesibles. “Ya no necesitabas un CD, puedes comprar las canciones online y hacer música. Creo que la gente vio una manera barata de hacer música en sus tiempos libres. Eso no pasaba hace diez años. En parte es porque las herramientas están más a la mano”, asegura.
TikTok terminó de acelerar ese proceso. La plataforma no solo viralizó sonidos, sino también una estética. Aparte del reguetón, el hard techno emergió como banda sonora dominante en redes: negro, luces frías y ritmos rápidos acordes a la inmediatez digital. “Tiktok romantiza mucho a los DJ, creo que es una moda que de repente puede pasar”, cree Ebensperger.
Las cifras globales reflejan esta tendencia. Según el Music Intelligence Report de SoundCloud, en 2020 una de cada cuatro pistas subidas era electrónica. Y no sólo eso: en 2025, la música etiquetada con #DJSET creció un 39 % a nivel mundial en comparación al año anterior.
Nicolás Castro (40) y Pepo Fernández (30) son un dúo de DJs detrás de las fiestas que llevan el mismo nombre que su agrupación: Aeróbica. Ven su éxito como fruto de una buena estrategia de construcción de una marca personal y manejo de redes sociales. Comenzaron su proyecto hace seis años e identifican la pandemia como punto de inflexión: “Gente que nunca había ido a un club conoció la música electrónica por primera vez a través de TikTok”, señala Fernández.
Entonces, cuando los clubes volvieron a abrir, la escena ya no era la misma.
Este panorama de más DJs, más proyectos y más competencia fue evidente para Leonardo Peña, DJ y productor de fiestas y festivales techno. Describe que la post pandemia trajo una ola de nuevos exponentes, especialmente más jóvenes, que comenzaron a buscarlo para trabajar con él. “Me hablan bastante. Cada día veo nuevos DJs en redes sociales, pero muchos quieren estar tocando en un festival al mes”, asegura Peña.
Volver a la provincia
El renovado y abultado mercado de DJs comenzó a disputarse las mismas fechas, horarios y espacios que habían sobrevivido en Santiago. La baja de la vida nocturna se reflejó en la encuesta Cadem de agosto de 2025, que indica que solo un 6 % de los chilenos participa en actividades nocturnas al menos una vez por semana. Mientras que un 74 % admite que ha reducido sus panoramas por temor a la delincuencia.
Así, la lógica de mercado se volvió visible: a más DJs, baja el fee —el pago que cobran por tocar—.
DJ Galactxtx (28), quien prefiere omitir su nombre real, ha estado en la escena desde que tiene 14 años. Señala que ha visto este auge en los DJs nacionales, sobre todo en el hard techno. Y con esto, la negociación, explica, suele resolverse en una lógica descendente: siempre aparece alguien dispuesto a tocar por menos. “Yo conozco DJs que tocan gratis. Otros que cobran 20 lucas (…) a mí me ha pasado. Pasa harto, yo creo que ahora pasa más que antes”, señala.
Los dueños de locales lo reconocen con pragmatismo. Gemma Gómez, una de las dueñas del bar Candelaria en Vitacura y también de Bardot, entre otros, indica que: “al final nosotros apostamos por los DJs que hoy están en boga, que son muchos más chicos, nos cuestan más baratos, pero que son buenísimos”.
Según señalan, el fee de un DJ varía según el tipo de evento. Sin embargo puede ir, en promedio entre $150 mil y $300 mil pesos. Los más famosos pueden llegar al millón.
El contraste era evidente. Mientras que las entradas, tragos y servicios disponibles en una discoteque se encarecieron después de la pandemia, la tarifa de quienes ponían la música en esas fiestas no corrió la misma suerte.
En un escenario saturado, nada parece suficiente sin visibilidad digital. Las redes sociales dejaron de ser accesorio promocional y pasaron a operar como el eje central del trabajo. “Debes tener contenido, preocuparte por la estética”, insiste DJ Galactxtx. Videos, estética, narrativa y constancia.
Desde Aeróbica entienden la importancia de las redes sociales, sin embargo, lo observan con ambivalencia: “Se perdió un poco la intención por la que se creó la música electrónica”. La pista, sugieren, ya no es solo experiencia sonora: es también performance para la cámara.
La saturación ha traído no sólo competencia, sino también la necesidad de buscar otras alternativas laborales.
El productor Leonardo Peña señala que son pocos los DJs que hoy viven únicamente de esto. “Es porque hay mucha oferta en Santiago y eso hace que los que tocan no puedan vivir cien por ciento de eso. Y tienen que tener un segundo trabajo. En mi caso soy productor de eventos y también soy DJ”. Lo mismo vive Huerta, quien es profesor de música y trabaja en eso de lunes a viernes.
El caso más sintomático es, probablemente, el de Urrutia. Después de haber dejado Osorno buscando más oportunidades aprendió que, para estar en Santiago, debía aceptar ganar menos plata. Eso la hizo volver a regiones, tomando trabajos en ciudades del norte y el sur, donde puede cobrar hasta 400 mil pesos por noche. “En Santiago está lleno de DJs por todos lados -dice-, hay una gran brecha de valores. Entonces, económicamente, no me conviene tocar ahí”.
Fuente: La Tercera