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Sigrid Alegría: “Pareciera que a las mujeres entre los cuarenta y setenta no nos pasara nada más que estar al servicio de otras vidas”

Periodista reportando noticias

La actriz, que será la próxima protagonista de la teleserie de Mega, fue el rostro del área dramática escogido por el canal para integrar el jurado del Festival de Viña del Mar 2026. Luego de su gran interpretación de Miranda en “Los Casablanca”, Sigrid Alegría vuelve a liderar una teleserie, un espacio donde ya acumula casi 30 años de vigencia; en esta entrevista habla de sus inicios, de las agresiones físicas que recibió cuando se abría camino en la televisión criolla, del acoso de la prensa durante su proceso de rehabilitación y también de lo que significa envejecer en la pantalla chica.

1 de Marzo de 2026

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En el salón María Luisa Bombal del Hotel Sheraton están todos los jurados del Festival de Viña 2026. Una de ellos es Sigrid Alegría, actriz nacional que forma parte del área dramática desde 2016. Frente a los periodistas cuenta una anécdota que la une con la presidenta del jurado, la soprano Verónica Villarroel.

Cuando su hermana vivía en Ñuñoa, en la calle Los Cerezos, entre Irarrázaval y Dublé Almeyda, desde la casa colindante se escuchaba una voz que calentaba y practicaba su canto. El hilo de voz cruzaba la pandereta y se metía por las ventanas. La actriz nunca supo quién era esa persona que le daba una textura especial a sus tardes.

Hasta ahora, en una conversación en Viña del Mar, se dio cuenta de que quien cantaba era Verónica Villarroel.

“Lo encontrábamos algo particular y muy bello, porque además nuestra familia viene de conservatorio. Entonces era una anécdota: las personas que entraban decían ‘bueno, ¿qué es eso?’. Mi vecina”, recordó en la previa de lo que sería su primera semana festivalera como jurado.

Sentada en la terraza del Hotel Sheraton, donde se hospeda el jurado de la competencia, se prepara para afrontar el último día del Festival, que tiene a otros dos miembros del jurado como la gran apuesta de la noche: Pablo Chill-E y Milo J.

Con el argentino también tiene su propia conexión, esta vez gracias a su hijo, que empezó a escuchar al cantante urbano cuando juntos viajaban en auto. “Nunca más te bajaste de mi auto”, le dijo a Milo J con ternura en una de las tantas conferencias de prensa que han oficiado los jurados del Festival.

Esa faceta, a ratos desgastante —la de jurado festivalera—, la actriz la asumió sin problema: fue aplaudida en la Quinta Vergara, se rió con las rutinas de humor y compartió con sus compañeros, moviéndose con naturalidad y experiencia televisiva.

—¿Cómo te tomaste ser jurado? Entiendo que es una estrategia del canal para potenciar algunos rostros, en este caso tu próximo rol protagónico en la nueva teleserie nocturna de Mega?

—De eso me enteré por Karen Doggenweiler en la Gala Vecinal, cuando me presentó así. La verdad no tenía idea. Sabía que iba a estar en una teleserie. Pero no sabía en cuál, ni tampoco a qué hora la iban a dar.

—¿Cómo tomas la confianza de Mega para volver a ponerte en primera línea de una teleserie, luego de los grandes resultados de “Los Casablanca”?

—Con Quena Rencoret tenemos un lazo de confianza importante. Ella me ha dado personajes de distintos tipos: vedettes, monjas, madres. Confía mucho en que yo puedo contar la historia y, cada vez que lo intentamos, nos va bien. Entonces, agradezco infinitamente que me dé protagónicos. También he tenido papeles secundarios –que me encantan–, porque tienen más libertad. Por ejemplo, la Betty de “Yo soy Lorenzo” o Shakira en “Amores De Mercado”.

—¿Prefieres un rol protagonico?

—No, no tengo esa inquietud. La única gran inquietud que sí tengo es que necesito enamorarme de mi personaje y entenderlo. Tengo que estar de acuerdo con mi personaje de alguna u otra manera.

—¿Y María Eugenia Rencoret es consciente de esa necesidad?

—Sí, porque lo hemos hablado. Por ejemplo, con Miranda, la de “Los Casablanca”, era preguntarme: “¿Cómo me hago amiga de esta persona?” Porque hace exactamente todo lo contrario de lo que yo haría en mi vida. “¿Dónde podríamos encontrarnos?” “¿Dónde podríamos ser amigas?”. Finalmente, dimos con algo: la persecución del romanticismo, la necesidad de amor, de descansar en una pareja estable, de sentirse amada. También le incorporamos una infancia con poco amor. Y ahí empezamos a encontrar puntos en común.

—Es interesante eso. Esa necesidad de entender algo que está fuera del encuadre. Suena más teatral.

—Sí, es súper teatral. Son cosas que nadie ve. No es tanto qué le pasa, sino a quién le pasa.

Sigrid Alegría y al asedio de la prensa en medio de su rehabilitación: “Tenía que salir escondida en la maleta del auto para ir a controles médicos”

La relación de María Eugenia Reconret con Sigrid Alegría comenzó cuando esta última estaba estudiando teatro.

“Me invitó desde el primer año, siempre me llamó. Yo quise terminar de estudiar y ella me esperó. Cuando terminé, le tuve que volver a decir que no, porque estaba embarazada. Después hice la prueba de cámara con (Francisco) Melo para la monja de ‘Borrón y cuenta nueva’, y ahí ya partimos. Entonces, se me abrió el camino muy rápido en el mundo de las teleseries”, relata sobre sus primeros años en pantalla.

Sigrid Alegría asegura que muchas veces eligió criar antes que sobreexigirse en trabajos más allá de las teleseries. “No es compatible ni con el teatro, ni con nada que sea los fines de semana”, dice.

El teatro, por ejemplo, lo hizo solo cuando estaba armando su carrera, pero luego se decantó por la televisión.

“Siempre elijo la teleserie: una, por estabilidad económica; otra, porque me dan esa oportunidad que se le da a pocas personas. Me gusta mucho, porque es una escuela de alto rendimiento. Tienes que hacer muchas escenas en pocos minutos. No hay mucho ensayo. ‘Quiero que llores ahora, quiero que rías ahora’. Todo es muy rápido, inmediato. Y es muy interesante esa palabra: inmediatez, que está tan relacionada con la gente joven”.

—Más allá de que la industria se ha achicado y los elencos son más reducidos, ¿sientes que en Mega todavía existe algo de esa mística de los años dorados de TVN?

—Quedamos nosotros. Somos lo que va quedando. Ya no hay más áreas dramáticas. Siempre recordamos esa época con mucha melancolía y tratamos de defender ese espíritu. Cuando nos dicen: “siempre los mismos”, claro, somos los mismos porque ese mundo lo creamos quienes todavía estamos. Hay poco tiempo y necesitamos gente que conozca este trabajo y también personas con la generosidad suficiente para enseñarles a los más jóvenes.

—¿Y no cansa ser “carne de cañón”?

—Hoy ya no pasa tanto. Pero esos diez años que vivimos con programas como “SQP” fueron brutales, una carnicería. Sobrevivimos a eso. En esa época te esperaban afuera de la casa, te perseguían en el auto, te gritaban cosas en la calle. No podías pololear, no podías salir, no podías separate, no podías tomarte un trago sin que fuera tema.

Me acuerdo lo que le pasó a Álvaro Rudolphy cuando hizo “Alguien te mira”: la prensa empezó a mezclar la vida del personaje —un asesino en serie— con su vida personal, como si algo de eso tuviera que ser real. Ese era el nivel.

—¿Hubo algún momento en que sintieras que se cruzó un límite contigo?

—Sí. El momento más brutal fue cuando tuve el accidente en 2007. Fue un periodo muy difícil para mí y la prensa no ayudó en nada. La Quena y el área dramática estuvieron conmigo, pero la prensa me pateaba en el suelo una y otra vez.

En 2007, la actriz chocó contra el muro de una vivienda en la calle El Aguilucho, cuando era una de las protagonistas de “Alguien te mira”, uno de los grandes hitos televisivos de TVN.

“Tuve que cambiarme de casa porque había móviles afuera. No podía ir al médico sin que me persiguieran. Me había roto la cara; no sabía si iba a poder seguir trabajando, tampoco si mi vida iba a cambiar por completo. Además, estaba en un tratamiento de rehabilitación por drogas, del que salí bien y me siento muy orgullosa. Pero nada de eso importaba”, recuerda.

Sobre esa época añade: “Tenía que salir escondida en la maleta del auto para ir a controles médicos. Le pedía a mi papá y a mi madrastra que me llevaran, porque no podía manejar. La prensa también se instalaba afuera de la casa de mi papá y lo perseguía cuando iba a trabajar. Fue un acoso y un bullying terrible durante meses. Durante años fui material de prensa por algo que fue muy doloroso para mí”.

–Dices que hubo éxito en tu proceso de rehabilitación. Los porcentajes de éxito en la mayoría de los casos son muy bajos ¿Cómo te hace sentir eso?

–Me siento muy orgullosa de eso, pero nada de eso importaba. El tema era ojalá que me dejaran cesante en la casa.

Un duro comienzo en televisión: “Me quitaban los textos, me pegaron, recibí un par de empujones, hasta me comí un combo en el hocico”

Todo el tiempo que Sigrid Alegría decidió esperar antes de integrarse al área dramática de TVN, recién salida de la universidad, pareció comprimirse después en una carrera que avanzó de un tirón. Esa decisión —terminar de estudiar, postergar ofertas, no apurarse— fue, en perspectiva, el último tramo lento antes de una aceleración vertiginosa.

A los 23 años ya protagonizaba teleseries en horario estelar, con personajes centrales que la instalaron rápidamente en el imaginario popular. Y en 2003 dio un salto que amplificó su figura más allá de la televisión: encabezó Sexo con amor, la película de Boris Quercia que se convirtió en fenómeno de taquilla y conversación. Allí su imagen dejó de ser solo la de una joven actriz promisoria y pasó a ocupar otro lugar. Para muchos, se transformó en musa.

–¿Cómo recuerdas tus inicios? ¿Comenzar a actuar con leyendas de las teleseries?

–Yo nunca fui muy fan. Creo que también porque me crié entre gente que está muy relacionada con la cultura. Mi papá era muy amigo de Pablo Neruda, del Pato Bunster que iba a la casa. Había brindis con Volodia a la hora de almuerzo los domingos. Entonces, no me resultaba algo tan inalcanzable, pero sí recuerdo algo de mis primeras escenas.

–¿Qué cosa?

–Creo que fue el primer día de grabación, de mi primera teleserie. En la escena estaba con Coca Guazzini, Anita Reeves, Jaime Vadell y Mauricio Pesutic. Yo estaba sentada en un sofá vestida de monja. Tenía veintitrés años y, entre ellos, tenían como una discusión, y de repente me miran los cuatro al mismo tiempo y me dicen: “te toca”. Ahí me di cuenta que ya no estaba viendo tele, que todo era real. Ese fue como el el momento en que vi a mis compañeros como algo lejano.

–¿Hubo escuela en ese momento?

–Sí, porque, por ejemplo, la Anita Reeves era profe. La Coca me enseñó a punta cariño, y los técnicos también. Los camarógrafos me decían “oye, te tengo el plano de aquí arriba, así que concéntrate en esta parte del cuerpo” o me decían que me corriera porque el foco estaba unos centímetros más al lado. Aprendí en la marcha, pero igual era una época en que los codazos eran duros.

–¿En qué sentido?

–Cuando entré tenía 23 años y, pese a no pedirlo, aparecí al tiro en los afiches de las teleseries. Había una generación de actrices que no les daba para esos personajes por un tema etario. Estaban justo entre medio de la juventud y la tercera edad y quedaron como en nada. Se sentían muy perdedoras por alguna razón. Y me costó lidiar con eso, era brutal. Me quitaban los textos, me pegaron, recibí un par de empujones, hasta me comí un combo en el hocico.

–¿Cuándo pasó eso?

Cuando fui monja me comí uno. Después me comí otro en otra teleserie. No fue fácil la tarea que me daban. Yo nunca fui a una oficina a decir quiero ser la protagonista.

Sigrid Alegría y sus primeros protagónicos: “Es terrible lo que voy a decir, pero tuvo que ver mucho con mi físico”

(FRANCISCO PAREDES / The Clinic

–Igual pese a no buscarlo la fama te llegó chica, porque el tránsito entre esas teleseries y Sexo con amor, no fue mucho tiempo

–Fue todo muy rapido, de hecho un día estaba parada afuera del Hoyts de La Reina y me me veo arriba de la palabra Hoyts pilucha y acostada. Era mi primera película y estaba sola en el afiche. Fue impactante, fue todo fue muy rápido. Me pasó también que vi a gente luchando por llegar ahí.

–¿Cómo era lidiar con eso?

–Me acuerdo que cuando salí de la escuela había un casting para hacer las aventuras de Sussi, en que me invitaron a hacer a la Sussi. Yo les dije que no, que no quería porque era un personaje tan impactante y no quería ser la Sussi por el resto de mi vida como le paso a la Marcela (Osorio). Recuerdo que ahí la hizo la Andrea Molina. Cosas así me pasaron y es terrible lo que voy a decir, pero tuvo que ver mucho con mi físico, con mis colores.

–¿Como ser hegemónica te refieres?

–Ser esta persona blanca, una belleza muy deseada e idealizada. Despues me dieron la oportunidad de demostrar la calidad actoral. Claro, pero no fue mi calidad actoral la que me abrió las puertas. Después se dieron cuenta en que yo podía contar las historias.

–¿Y te molestaba ser un objeto de deseo?

No, nunca me molestó, creo que me dio bonitas oportunidades. De hecho, me llamaba mucho la atención, porque mi hermana era una mujer extremadamente bella. Se decía incluso que era tan hermosa que incomodaba. Y yo era la colorina crespa de al lado, con poca elegancia. Era más punketa y desordenada, tenía cero noción de la moda. Por otro lado, mi hermana combinaba todo con todo. Entonces, fue muy loco esto de convertirme en un símbolo de belleza.

–¿Y, naturalmente, tener que abandonar ese espacio te acomodó o te costó?

Me costó lo suficiente como terminar en una terapia de rehabilitación.

–O sea, de ahí viene. ¿Y cómo explicar que alguien que no le interesaba ese lugar haya terminado en un momento tan oscuro?

–Tenía que ser muy flaca, trabajar mucho y ser como mujer de hielo… que no me entraran balas. Yo soy un animalito muy sensible, justamente por mis diagnósticos, lo que me hace sensible a muchas cosas, y por mi historia también: nunca fui una chica regalona, nunca me trataron con guantes de seda, ni con mucho amor. Yo no soy de una familia tierna. Entonces, estaba un poco acostumbrada al maltrato. Finalmente, me sirvió eso.

–¿Pero te reconciliaste con esa idea de abandonar?

A ver, llegó un minuto en que me pregunté con qué me voy a poner yo en el arte ¿Cuál va a ser mi aporte? Y me di cuenta que lo que estaba haciendo, que lo tomé como bandera, es recibir bien a la gente que está llena de ilusión y con una bonita oportunidad de contar historias en este planeta. De recibir bien al cabrerío. De no sentirme amenazada. Necesitamos todas las edades.

–¿Te preocupa quedar fuera de los personajes protagónicos, eventualmente, por la edad?

Las y los protagonistas han crecido. Las teleseries se fueron al mundo nocturno, en que los problemas son más adultos. Entonces, creo que por eso he tenido estos casi treinta años de relacionarme intermitentemente con las protagonistas.

–¿Envejecer es algo que te preocupa?

Sí, envejecer. Porque siento que son muy pocos los espacios en el mundo en el que estoy ahora, en la edad en la que estoy ahora, hasta ya la tercera edad. Como que hay un limbo que la dramaturgia no nos toma mucho en cuenta. Eso a menos que sea una mujer que tenga un vuelco en la vida brutal: que se te muera un hijo, tener una enfermedad, una guerra. Pareciera que a las mujeres entre los cuarenta y setenta no nos pasara nada más que estar al servicio de otras vidas.

–¿Y eso lo lee en la vida y en el teatro?

–Me refiero que para la dramaturgia, al parecer, es una etapa en la vida que no es tan interesante de contar. Y lo que me da nervios es llegar a esta tercera edad y no tener la salud para enfrentar esas personas. Son pocas las actrices y los actores que llegan a esa edad a contar historias. El Tito yo no sé cómo lo hizo.

–¿Cómo te impactó a ti la Muerte de Noguera? Porque también fue de estos grandes con los que compartiste.

–Da un poco la sensación que que el teatro se va a demorar en… (da una pausa). Lo que quiero decir es que no entiendo el teatro sin el Tito. El Tito ocupaba muchos espacios. Era vocero, tenía una sala de teatro, era profesor, era líder, era padre, abuelo, era director, era amigo. Cubría muchos espacios dentro del teatro chileno.

–¿Cómo analizas su legado?

Yo creo que él también se preguntó con qué me voy a poner yo en el arte. Yo creo que es una pregunta importante. Y él decidió no llevarse la información que tenía, y todos los estudios y todo lo que investigó. Quiso entregar toda esa información y lo hizo. Quedamos muchas personas con sus palabras en el alma.

–¿Sentiste que pudiste despedirte?

Sí, nosotros teníamos un juego muy bonito, en que a él le gustaba mucho hablar alemán, porque al parecer su historia de amor venía con ese idioma incluido. Y, cada vez que me veía, necesitaba hablar un poco de alemán conmigo. Ese era como mi juego personal con él. Haber conectado así con él me da satisfacción, me da calma. Nos conocimos de verdad y eso me da mucho orgullo.

Fuente: The Clinic

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