Hace cuatro años que Loreto Irarrázabal (44) realiza charlas a padres que son ajenos a las redes sociales, contrario a sus hijos que navegan con naturalidad por TikTok, Instagram o Discord. En sus talleres hace una pregunta que en la mayoría de los casos no encuentra respuesta: ‘¿Ustedes saben qué ven sus hijos?’. Ese desconocimiento la llevó a crear, como experimento, dos perfiles falsos de menores de edad. Uno de niño y otro de niña. Los usó solo para scrollear: sin dar likes ni interactuar con comentarios, dice la tallerista. Con esa conducta, el algoritmo en el perfil femenino le mostró videos de trastornos alimentarios, autolesiones, muchas veces referidas con el sticker de cebra para aludir a las cicatrices de los cortes. En el caso del perfil masculino, el contenido era diferente: apuestas de fútbol, videojuegos y alusiones pornográficas. “Los padres quedan asombrados, nunca se lo imaginan. No a todos los adolescentes les muestra lo mismo, pero una vez que ya tienes ese enganche, TikTok sigue mostrando videos negativos. Todos quedan muy asombrados, como a ellos les muestra otras cosas, creen que es lo mismo para sus hijos”, señala Irarrázabal.
Si bien las empresas defienden que el algoritmo de las redes sociales es neutro, en Estados Unidos se está realizando un juicio histórico contra Meta por generar un sistema de adicción para los menores de edad que utilizan Instagram y Facebook. La fiscalía sostiene que la empresa “se aprovechó del funcionamiento del cerebro de los menores”.
Aunque todavía no hay un veredicto sobre este caso, estudios de las OMS ya han demostrado que genera adicción en cierta población. La directora del Centro para el Bienestar y Desarrollo de la Adolescencia y Niñez en la Era Digital (BAND), Magdalena Claro, explica que “no es que haya un algoritmo especialmente dirigido a adolescentes, pero sí identifica sus vulnerabilidades; en los adultos también pasa lo mismo. Lo que sucede es que si hay un joven que se siente mal y busca contenidos vinculados a ese estado, el algoritmo le va a seguir mostrando eso para que se quede más tiempo. Eso puede empeorar su situación, que ya era vulnerable, pero no se puede demostrar que deliberadamente intentan dañar a los usuarios”.
Lo mismo ve Irarrázabal durante sus charlas, donde es común que se acerquen padres a pedirle consejos. “En algunos casos el uso del celular empezó con la idea de que ellos mismos se lo facilitaron, porque es mejor tenerlos en la casa vigilados antes que fuera, pero ahora no pueden hacer que jueguen con amigos o salgan a la plaza”, dice la especialista. Este uso excesivo se extiende a la mayor parte de la población adolescente. Los datos publicados en noviembre de 2025 en la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia, realizada por el Ministerio del Desarrollo, arrojaron que el 54% de los adolescentes usa redes sociales tres horas o más durante la semana, y solo un 9% usa esas horas de internet para leer libros, revistas o cómics. Una cifra aún más preocupante es que los jóvenes chilenos de 15 años lideran el consumo digital dentro de la OCDE, con 45 horas semanales, superando el promedio general de los demás países, con 35 horas.
Irarrázabal relata que es muy complejo para los padres enterarse del contenido del mundo digital al que se exponen sus hijos. Incluso, cuenta que una colega que tenía amplio conocimiento y restricciones sobre el uso del celular descubrió que su hija de 10 años utilizaba múltiples cuentas durante la madrugada con un celular que estaba perdido en la casa.
“Para ella fue muy angustiante, porque no sabía cómo no se había dado cuenta. Estuvo usando tres meses cuentas en Discord, en TikTok, en Gmail, en todo. Gracias a Dios no había pasado tanto tiempo, pero ya se había contactado con personas mayores. Decía que tenía 16 años, hablaba con gente de 28, 40 años. Si a ella, que sabe del tema, le pasa, imagínate al resto que no tiene idea de cómo ingresar a las cuentas”. La madre también se dio cuenta de que su hija tenía dos novios, un hombre y una mujer mayores de edad, con quienes se mandaban mensajes diariamente. Este no es un caso aislado. Según la Defensoría de la Niñez, el 40% de los niños, niñas y adolescentes declara haber sido contactado por extraños en redes sociales.
Generación ansiosa
El algoritmo de redes sociales busca que las personas se queden más tiempo en la aplicación. Eso se conoce como scroll infinito. Es decir, una exposición automática y continua del contenido sin pausas. Para Luis Santana, académico del Programa de Ciudadanía Digital de la UAI, esto puede activar el sistema de recompensas del cerebro, porque el usuario no sabe cuál es el próximo video que aparecerá.
En ese sentido, profundiza indicando que “las empresas hablan de que las aplicaciones tienen neutralidad, de que las personas son responsables del contenido. Pero el modelo de negocio del que se benefician consiste en que mientras más tiempo estamos conectados, la aplicación tiene más tiempo de aprender nuestras prácticas. Por lo tanto, de nosotros. Y eso es para vendernos cosas. Entonces, es de su interés que estemos más tiempo conectados”.
Además, recalca que si bien el contenido depende del usuario, todavía las plataformas están al debe sobre la regulación de los temas que muestran a los adolescentes, cuando muchos de ellos son dirigidos para adultos. Un estudio del Centro contra el Acoso Escolar de Dublín demuestra que los algoritmos utilizados por las aplicaciones amplifican rápidamente el contenido misógino enfocado en relevar el rol masculino, lo que en internet se ha extendido como “la manósfera”.
Marcela Cuevas, coordinadora del equipo infanto-juvenil del Centro de Psicología Aplicada (CAPs) de la Universidad de Chile, explica que para los niños es aún más polarizante recibir este contenido, porque están recién formando su identidad.
La académica del Departamento de Psicología menciona que “al consumir un contenido que se repite y se repite constantemente, se encierran en ese discurso masculino. Eso es tremendamente dañino, porque crecen con conceptos que son nocivos para su socialización. Les restringe mucho la mirada respecto de otros puntos de vista”.
Además, el director de la Fundación Red Preventiva, Sebastián Errázuriz, señala que las redes sociales son la puerta de entrada de los niños hacia las apuestas online, muchas veces bombardeados por publicidad de influencers a quienes siguen o en los videojuegos.
En las niñas afecta a su desarrollo. Se relaciona con una comparación de su imagen y una sexualización temprana para cumplir con los estándares que se replican en redes sociales.
Irarrázabal también cuenta que es común que los padres manifiesten preocupación porque sus hijos ya no comparten con otros jóvenes de manera presencial, más bien que todas las interacciones se reducen a la comunicación por celulares.
Por lo mismo, la académica del Departamento de Psicología señala que hay una creciente ansiedad entre los jóvenes. “Tiene que ver con estar permanentemente recibiendo información. Cosas tan simples como la luz de las pantallas afecta muchísimo al sistema nervioso de los niños que están permanentemente buscando contenido breve y directo de 15 a 60 segundos. Reciben un bombardeo de contenido que acostumbra al cerebro a ese mecanismo rápido que necesitas más y más. Un mecanismo adictivo”, asegura.
Estos comportamientos en los adolescentes fueron caracterizados por primera vez por el psicólogo social Jonathan Haidt, quien en uno de sus libros profundizó sobre “la generación ansiosa”. Para el autor estadounidense, el fácil y masivo acceso de los smartphones a los niños empeoró la salud mental de la generación Z, que dejó atrás los juegos al aire libre para reemplazarlos con pantallas y videos. En una entrevista con El País, Haidt dijo: “Los adultos necesitan las redes sociales, tienen utilidad para ellos, pero los niños realmente no las necesitan. No se perderían nada. Las empresas no deberían tener acceso a los niños. Si los adultos eligen apostar o drogarse, es su elección. Dejamos que tomen malas decisiones. Pero no deberíamos permitir que las compañías enganchen a los niños”.
Nacer con el celular
Raquel González, profesora hace más de 20 años, ha sido testigo de los daños del uso excesivo de celulares. Antes de la implementación de la ley que prohíbe el uso de dispositivos en colegios, la docente relata que había una constante ansiedad entre los alumnos para volver a conectarse con el celular.
“Era como si físicamente lo necesitaran. Terminaban una tarea y preguntaban ‘profe, ¿puedo ocupar el celular, aunque sea cinco minutos? ¿Pero qué alcanzaban a hacer en cinco minutos? Yo creo que era simplemente prenderlo. Incluso, ver al compañero de al lado usarlo los ponía con ansias de usar el suyo”, dice González.
Los celulares también cambiaron los comportamientos del recreo, especialmente en las niñas, dice. Los juegos fueron reemplazados por videos y sesiones de fotos. Aunque las costumbres se han ido recuperando, la evidencia sobre efectos negativos ante el uso de redes sociales hizo que naciera una corriente contraria: retrasar lo más posible el acceso a los celulares. Josefina Ortiz, madre de una niña de 13 años y niños de 11, seis y dos años, cuenta, que junto al grupo de amigas de su hija, se pusieron de acuerdo para que ninguna tuviera smartphone ni redes sociales.
“Tuvimos una conversación entre las mamás y llegamos a un acuerdo que, si no nos ponemos de acuerdo, de alguna u otra forma iban a tener acceso a las redes por las amigas. Así que nos comprometimos a que el grupo no iba a tener smartphone hasta octavo básico y redes sociales después de primero medio”.
A nivel legislativo, en Chile se intenta restringir el uso de redes sociales para menores de 16 años. Sin embargo, para Luis Santana, director del Programa de Ciudadanía Digital de la UAI, no se trata de prohibir, sino que apuntar a enseñar sobre su uso y exigir a las empresas que asuman responsabilidades y control sobre qué contenido se muestra a los menores de edad.
A principios de año, la hija de Ortiz, junto a otras amigas, hicieron una presentación para convencer a sus papás de darles un smartphone. Antes de tomar una decisión contactaron a Irarrázabal para darles una charla a ellas y a sus hijas.
Irarrázabal fue la encargada de informar a las menores. “Les mostré el algoritmo en mis cuentas falsas y les expliqué que lo que más desean las aplicaciones es consumir tu tiempo. Ellas quedaron impactadas con los videos de autolesiones, mucho contenido de trastorno alimentario. Ahí decidieron que podían esperar un par de años más. Ellas mismas dijeron que prefieren seguir con su teléfono almeja”, relata.
Pese a que ve con buenos ojos que algunos padres tomen estas decisiones, reconoce que es muy difícil remediar el daño al que han estado expuestos los niños con redes sociales. Esa, cree, es la tragedia de quienes crecieron sin restricciones frente a las pantallas: “Ya crecieron y quedaron marcados como la generación que nació con celular”.
Fuente: La Tercera