En uno de sus shows más íntimos en la Quinta, Stefan Kramer puso a la música en el centro y construyó una rutina más personal, atravesada por imágenes de su propia historia y por una conciencia explícita de su trayectoria. Hubo oficio, conexión con el público y un respaldo contundente en rating, pero también una sensación de contención: menos riesgo y menos frescura que en sus noches más memorables. La impresión que dejó fue la de un artista que administró su experiencia más que uno dispuesto a reinventarse, salvo en el tramo final —más cargado a la política y la contingencia— donde reapareció su versión más filosa y sólida. La rutina de Kramer superó los 2.200.000 de espectadores, según la organización oficial del Festival se trató de la mayor audiencia desde que comenzó a operar el nuevo sistema de rating.
Por Sebastián Palma
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“¿Cómo que ya fui?”, lanzó Stefan Kramer apenas pisó el escenario, en una apertura que funcionó como declaración de principios y ajuste de cuentas con el tiempo. En su cuarta presentación en el Festival de Viña del Mar, el imitador ironizó sobre el paso de los años y la vigencia, ese mismo que en 2008 lo consagró como uno de los comediantes más exitosos del país.
“Retírate ya, se están muriendo los personajes”, remató, antes de dar paso a las imitaciones de Sebastián y Miguel Piñera, el ex Presidente y su hermano, fallecidos en los últimos dos años. El chiste, incómodo y filoso, marcó el incio de una rutina que jugó constantemente con la memoria reciente de Chile. Y poder mantenerse actualizado con su humor basado en las imitaciones.
Dieciocho años después de su debut en la Quinta Vergara, Kramer abrió el bloque fuerte imitando y vocalizando a Shakira y Axl Rose. En menos de diez minutos ya había desfilado por once personajes: desde líderes internacionales como Nicolás Maduro hasta figuras locales como el propio animador del certamen, Rafael Araneda, confirmando que su principal recurso sigue siendo la velocidad y la precisión para mutar en escena.
Su show incorporó la música, una banda en vivo con seis músicos, incluyendo a su hijo en la guitarra. Además el artista, entre medios de sus imitaciones, que incluyeron la interpretación de varias canciones mostró imagenes reales de su vida, demarcando el show más personal del artista, quien durante la semana fue cuestionado por su última aparición en Viña del Mar, donde homenajeó a los personajes de la primera línea, quienes fueron el emblema del estallido social.
En esta ocasión el show fue más íntimo, menos político. En un principio no contó con maquillaje ni vestuario, lo que destacó en su primer paso por Viña. Lo que fue reemplazado con las imitaciones –con canciones incluidas–, de un gran números de cantantes. Entre ellos Vicentico, Alejandro Sanz, Fito Paez.
La experiencia se notó y conectó rápidamente con “El Monstruo”, quien se mantuvo alineado con el show y rió frente a los chistes de Kramer.
La música como eje
Su espectáculo incorporó un componente musical más robusto: una banda en vivo de seis integrantes que sostuvo buena parte de la puesta en escena. Entre imitaciones —varias de ellas con canciones completas—, Kramer intercaló imágenes reales de su vida, configurando probablemente su show más personal en la Quinta Vergara. Un giro que no pasó inadvertido, sobre todo después de que durante la semana fuera cuestionado por su última presentación en Viña, cuando rindió homenaje a figuras de la llamada “primera línea”, símbolo del estallido social.
Esta vez el tono fue distinto: más íntimo, menos político. Partió sin maquillaje ni grandes cambios de vestuario —un sello que marcó sus primeras rutinas en el festival— y dejó que el peso recayera en la interpretación vocal.
El recurso se trasladó a una seguidilla de imitaciones musicales que incluyeron a Vicentico, Alejandro Sanz y Fito Páez, entre otros, en versiones que mezclaron parodia y homenaje.
La experiencia acumulada se notó en el manejo de los tiempos. Kramer encontró rápido el pulso con el “Monstruo”, que se mantuvo conectado, celebró los remates y acompañó con risas una rutina que fluyó sin grandes baches.
La nostalgia de Kramer
Tras la primera batería de chistes, el comediante apostó por la memoria. En pantalla apareció su debut televisivo en “Cuánto vale el show”, donde un Kramer más joven —y con bastante más pelo— sorprendía al jurado con sus primeras imitaciones. En el registro se escucha a Gonzalo Cáceres sentenciar: “Tiene mucho ángel”.
—Yo creo que le gusté —bromeó Kramer en la Quinta, desatando risas y cerrando el círculo entre ese aspirante que buscaba una oportunidad y el artista consolidado que, casi dos décadas después, sigue probándose ante el mismo escenario.
A esa altura, Kramer ya acumulaba más de veinte imitaciones y su presentación superaba los 2,2 millones de espectadores, rebasando incluso el peak de sintonía que había marcado la gala del certamen. La cifra no solo confirmó el arrastre del comediante, sino que instaló su rutina como uno de los momentos más vistos del festival.
Si la nostalgia había sido un eje emocional del show, la música terminó por consolidarlo. Tras el bloque más íntimo, llegaron las imitaciones de Chayanne y Bad Bunny. A este último lo parodió sin pronunciar una sola palabra: apenas sonidos gangosos, balbuceos rítmicos y una coreografía exagerada que bastó para desatar nuevas carcajadas en la Quinta.
—Es mejor que Michael Jackson —remató con ironía, empujando el absurdo al límite y confirmando que, más allá de la contingencia, su principal arma sigue siendo la caricatura llevada al extremo.
Luego imitó a Ricardo Arjona, reemplazando la canción “El taxista”, por una historia de un conductor de Uber.
–¿Qué es lo que hace un Uber cuando no es venezolano?, cantó cambiando la letra original de la canción del guatemalteco, uno de sus personajes más clásicos.
A pesar de la gran cantidad de imitaciones —más de veinte en poco más de una hora—, la rutina no alcanzó la contundencia de otras presentaciones suyas en la Quinta.
Hubo oficio, ritmo y una ejecución técnica, pero varios remates se sintieron previsibles y algunos pasajes se extendieron más de lo necesario. El recurso de acumular personajes funcionó como demostración de talento, aunque no siempre como construcción de un relato humorístico sólido.
Faltó esa sorpresa que en 2008 y 2012 convertía cada aparición en un momento realmente impredecible. Y el fuerte que es el maquillaje y el vestuario.
La nostalgia que Kramer instaló desde el inicio terminó atravesando también el resultado. El show apeló constantemente al recuerdo de sus propios hitos y a figuras que marcaron época, pero esa mirada hacia atrás pareció pesarle.
Más íntimo y menos político que otras veces, el espectáculo mostró a un comediante consciente de su trayectoria, aunque lejos de su mejor versión en términos de riesgo y frescura. El público respondió y acompañó tanto en rating, como en la Quinta, pero la sensación que quedó en su show fue la de un artista que administró su experiencia más que uno que innovó.
Su rutina, como muchas otras apariciones incorporaron un relato de la historia de amor con su señora Paloma Soyo, un relato que se ha repetido en sus películas y presentaciones, y que deja la sensación de chiste repetido.
La relación con su señora, dio paso a los tradicionales chistes de pareja. Un espacio en el que el público en la quinta pareció reir genuinamente.
El recuerdo del Festival de Viña 2020
Lejos de desconocer las críticas por su última participación en Viña, Kramer aprovechó la oportunidad de hacer humor. Allí recordó cómo llegó a Viña en medio de protestas sociales en la ciudad jardín.
El momento fue una oportunidad para volver a la contingencia y encontrar ahí su mejor momento de la noche. Kramer recordó su llegada a Viña en medio de las protestas sociales que marcaron al país y a la propia ciudad jardín. Ese pasaje, más conectado con la tensión pública que con la autobiografía, le dio un nuevo aire a la rutina.
En ese tramo el show alcanzó su versión más sólida: hubo riesgo, ironía y una lectura más directa del clima político. Kramer imitó a algunos de sus críticos, entre ellos a Patricia Maldonado, y se permitió reírse de las etiquetas que lo han acompañado desde entonces.
—Uno sufre las consecuencias. Hasta hoy me dicen octubrista —dijo, antes de abrir paso a una seguidilla de imitaciones de los ocho candidatos presidenciales, incluyendo a José Antonio Kast, ganador de la última elección y quien asumirá el 11 de marzo.
El bloque político comenzó con Marco Enríquez-Ominami y Eduardo Artés —este último con una caracterización especialmente fiel en tono y cadencia— y dejó uno de los remates más celebrados de la noche:
—Si me mando una cagada, yo mismo me voy a tirar molotov —lanzó, desatando risas inmediatas en la Quinta.
Luego fue el turno de Harold Mayne-Nicholls, a quien caricaturizó ironizando con su deuda ante el Servel tras su baja votación. En ese segmento, más que en el resto del espectáculo, Kramer volvió a mostrar esa capacidad de mezclar actualidad, sátira y precisión vocal que en otras épocas convirtió sus presentaciones en momentos realmente impredecibles.
Tras ello llegó el turno de los otros candidatos, entre ellos Johannes Kaiser, Evelyn Matthei, Franco Parisi y Jeannette Jara: “Yo fui temporera”, dijo, causando las risas de los asistentes.
Luego llegó el turno de la imitación de José Antonio Kast, allí la quinta se dividió entre pifias de desaprobación y aplausos de apoyo. La imitación del presidente electo también marcó uno de los peak de la noche y antecedió la entrega de premios. El Monstruo pidió la gaviota de plata, antes del bis del comediante.
La última parte del show fue un homenaje de Kramer a su familia. Mostró una foto en la pantalla de la Quinta Vergara y presentó a cada uno de los integrantes de su núcleo, incluso una foto de su mascota. Los hijos y su esposa también llegaron al Festival de Viña para acompañarlo en su cuarta presentación.
El cierre llegó con historias sobre su relación con su esposa, ya con menos imitaciones y una rutina más cercana al stand-up comedy que se ha tomado el Festival de Viña en los últimos años. La última intervención fue en la línea del inicio del show: un mensaje motivador frente a las críticas que lo acusan de quedar obsoleto, las que Kramer intenta esquivar con los acordes de su guitarra y cantando.
La rutina de Kramer superó el peak de 2.200.000 de espectadores, según la organización oficial del Festival se trató de la mayor audiencia desde que comenzó a operar el nuevo sistema de rating.
Fuente: The Clinic