"La pregunta no es si Kast puede gobernar así, sino cuánto tiempo puede sostener su diseño sin ampliar sus bases internas. El estrés institucional no avisa", dice Marco Moreno en su columna semanal con The Clinic, que en esta ocasión disecciona el modelo que escogió el presidente electo para conformar a su equipo de confianza que lo acompañará en La Moneda.
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Para analizar el inicio del próximo gobierno conviene despejar primero el marco conceptual. El presidencialismo reforzado no es una etiqueta retórica ni una imputación normativa, sino una categoría de análisis utilizada por la ciencia política para describir situaciones en que, sobre la base de un presidencialismo ya fuerte, el Ejecutivo concentra aún más poder decisional mediante prácticas políticas y organizacionales: centralización de decisiones, debilitamiento de intermediaciones partidarias y reducción de la autonomía efectiva de los partidos.
Chile ofrece un terreno fértil para esta lectura. Su diseño institucional —iniciativa exclusiva del Ejecutivo, control de la agenda legislativa, veto robusto— configura desde hace décadas un presidencialismo fuerte. Sin embargo, no todos los presidentes lo ejercen del mismo modo. La diferencia no está en la naturaleza del régimen, sino en el estilo de conducción política.
La evidencia inicial del gobierno de José Antonio Kast no está en un discurso ni en una reforma constitucional, sino en el diseño de su equipo de gobierno: elenco de ministros, subsecretarios y delegados presidenciales estructurado bajo una lógica de personalismo y centralización. El criterio dominante, como quedó demostrado con las últimas designaciones, no parece ser el equilibrio entre confianza personal y representación partidaria, sino una prescindencia deliberada de los partidos como actores con peso propio en la toma de decisiones.
Conviene ser precisos. Todos los presidentes apelan a la confianza al conformar sus equipos. Es inherente al presidencialismo. La diferencia relevante es cómo se combina esa confianza con los partidos, las coaliciones y los contrapesos internos. En el caso que se observa, la confianza personal no aparece equilibrada por anclajes partidarios sólidos, sino que los reemplaza. Esto es lo que aproxima el estilo de Kast al presidencialismo reforzado.
El contraste con los gobiernos recientes es ilustrativo. Michelle Bachelet ejerció un presidencialismo fuerte, pero amortiguado por la delegación y la negociación interna. Sus gabinetes —con todas sus tensiones— funcionaban como espacios de alerta temprana y corrección. El costo fue lentitud; el beneficio, resiliencia. Sebastián Piñera, en cambio, optó por un presidencialismo gerencial, con alta implicación personal del mandatario, pero combinado con ministros empoderados y equipos técnicos. La falla no estuvo en la centralización, sino en su uso errático cuando el sistema entró en estrés. Gabriel Boric representó el polo opuesto: amplia delegación, pero con débil coordinación política, lo que derivó en fragmentación decisional y pérdida de control de agenda.
Kast parece ensayar una cuarta variante: centralización temprana y cerrada, con un núcleo decisional estrecho. En escenarios de normalidad, este diseño puede ofrecer rapidez, disciplina y coherencia. El problema aparece cuando se proyecta un escenario de estrés institucional: crisis de seguridad persistente, Congreso fragmentado, conflictos territoriales y presión social. En ese contexto, el presidencialismo reforzado tiende a generar cuellos de botella. La información sube tarde, las decisiones se concentran en exceso y los errores se corrigen cuando ya han escalado.
La paradoja es conocida: cuanto más poder se concentra en la cúspide, más depende el sistema de la calidad y amplitud del centro. Un centro estrecho decide rápido, pero aprende poco. Y en política, la falta de aprendizaje suele pagarse caro.
El riesgo, entonces, no es ideológico ni moral. Es organizacional e institucional. Chile ya cuenta con un presidencialismo fuerte por diseño. Reforzarlo por estilo puede ser funcional en el corto plazo, pero eleva el costo de equivocarse cuando el entorno se vuelve adverso. La incógnita no es si este modelo puede gobernar, sino cuánto estrés puede soportar antes de mostrar sus límites. En política, esa respuesta nunca llega en los momentos de calma, sino cuando la presión ya está encima. La pregunta, entonces, no es si Kast puede gobernar así, sino cuánto tiempo puede sostener ese diseño sin ampliar sus bases internas. El estrés institucional no avisa. Y cuando llega, los gobiernos no son evaluados por su velocidad, sino por su capacidad de absorber golpes sin quebrarse. En ese examen, la centralización extrema rara vez obtiene la mejor nota.
Fuente: The Clinic