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El soundtrack de nuestro fantasma

Periodista reportando noticias

Conversación real en un café: una madre y dos hijas. La mayor, de unos 10 años, escucha en el teléfono una canción que dice algo así: Ven suéltate que te quiero tener / Modelándome esos pantis, my girl / Quiere Chanel, también Richard Mille / Diamante lo baguette, suavecita su piel. Una fugaz pesquisa posterior me indicará que se trata de Ponte bonita, del popular cantante urbano Cris MJ. La madre le dice a sus niñas: “No dejen nunca que les hablen así”. A mi avanzada edad -y sobre todo siendo padre- empatizo con la madre en cuestión, visiblemente más joven que yo. Pienso en las letras de esas canciones, en la cultura de la ostentación, de marcas de lujo, de dinero abundante; en cómo se retrata a las mujeres en ese tipo de canciones, en qué efecto podrá tener eso en una niña.

Después me pregunto en la música que crecí escuchando. ¿Qué efectos habrán tenido en mi idea del amor, de las relaciones, de las mujeres, aquellas canciones que recité con pasión impostada desde mucho antes de enfrentarme a las complejidades de una relación real? Es, por cierto, una pregunta más antigua que el bolero, célebremente resumida por Nick Hornby en Alta Fidelidad: “¿Qué fue primero, la música o la miseria? ¿Escuchaba música triste porque era miserable, o era miserable porque escuchaba música triste?”.

¿Tiene sentido entonces preocuparse por tal o cual idea que tal o cual canción puede instalar en la cabeza de los auditores preadolescentes? ¿Podemos ver, supervisar, enterarnos de los caminos que una letra de una o varias canciones en psiquis ajenas? Recuerdo una historia: alguna vez fui a ver una charla del escritor norteamericano Chuck Palahniuk. El autor de El club de la pelea contaba que de niño estaba pegado con la canción Every time you go away, de Paul Young. Gran canción: basta con escuchar el título para completar en la cabeza “you take a piece of me with you” (“Cada vez que te alejas te llevas contigo un pedazo mío”). Romántico. Pero Palahniuk dice que cuando era chico escuchaba otra cosa, y sólo siendo adulto se enteró de que había estado equivocado. Escuchaba “you take a piece of MEAT with you” (te llevas un pedazo de carne contigo). El escritor lo contaba para explicar que su mente funciona con alguna distorsión respecto al más común de los sentidos (algo con lo que sus lectores probablemente estarán de acuerdo).

Es un ejemplo algo extremo, claro. No hay que ser un éxito literario para reconocer que haber escuchado versos como Cuando en el cuarto él / te pida siempre más / Nada te costará / se lo concederás / Como sabes fingir se te da cómodo o So take a look at me now / ‘cause there’s just an empty space /And there’s nothing left here to remind me / Just the memory of your face algún efecto tiene que haber dejado no tanto en nuestra educación sentimental sino en la expectativa, fantasía, proyección o derechamente temor de la misma. ¿De qué alimentamos nuestra imaginación particularmente en nuestra pubertad, en plena fijación definitiva de ese fantasma lacaniano que se va a nutrir de nuestros traumas y dolores como Godzilla se nutría de los cables de alta tensión?

La pregunta, insisto, es más antigua que el fonógrafo. Cada generación encuentra su ejemplo; cada padre y madre encontrará las razones para preocuparse. Pensaba en esto después de esa escena musicalizada por Cris M.J. cuando en la radio escuché una gran excepción: It’s over, de Level 42. El que canta es un tipo que está dejando a su mujer y le pide perdón: “Me diste todo y ahora estoy rompiendo tu corazón”, le dice, “tú sabes que no fue mi intención destruir tu mundo”. No es una víctima sufriente, no es un fanfarrón que cosifica a su pareja; es un hombre asume que es él quien causa daño y que se aleja “hacia la solitaria” tarde sintiéndose pésimo. Cero glamour, cero épica, cero heroísmo.

Pero claro, salvo contadas excepciones, con eso no se hacen grandes canciones.

Fuente: La Tercera

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