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El regreso del estigma que la comunidad haitiana había olvidado

Periodista reportando noticias

La primera vez que Daina Pierre (26) supo de los niños haitianos que presuntamente estaban desaparecidos, fue por su familia. Los chats con su mamá, primos y amigos compartían la misma noticia: 64 niños que fueron traídos desde Haití a Chile se encontraban inubicables.

“Yo nunca dudé que estaban bien. Todos mis amigos y familiares sabían que esos niños estaban bien”, asegura la joven madre.

Contrario a la certeza de la comunidad haitiana, en las esferas políticas se desató el caos. El senador Rodolfo Carter (ind.) señaló que “probablemente los niños sean soldados del crimen organizado”, y el diputado republicano Enrique Bassaletti deslizó que podrían ser víctimas de una red de tráfico de órganos. La noticia se tomó la agenda nacional.

Pierre relata que durante esos días estuvieron expuestos a intensos cuestionamientos. “Imagínate la presión que sentíamos: fueron semanas y semanas de noticias sobre la búsqueda de los niños y decían cosas horribles de los haitianos. Uno de esos días mi primo, que va en la básica, nos dijo que ya no quería ir más al colegio, porque todos le decían que era uno de esos niños, lo molestaban. La verdad fue chocante, me salieron lágrimas”, dice Pierre.

El gobierno desplegó un operativo en conjunto con las policías y los municipios para dar con los menores. Los resultados fueron rápidos. Primero el alcalde de Estación Central, Felipe Muñoz (ind.), anunció que ubicaron a 30 de los menores: todos escolarizados y con sus respectivos tutores. Días después, en Graneros, dieron con el domicilio de otros nueve niños. Esta semana la PDI, junto a la ministra de Desarrollo Social, María Jesús Wulf, confirmaron que todos los menores habían sido localizados, en buen estado, con sus familias y continuando su enseñanza escolar.

Pierre cuenta que muchas personas de su entorno, incluso, han pensado dejar el país, sobre todo por el estigma que ha caído sobre los adolescentes y niños de la comunidad haitiana. “A uno como migrante, sobre todo haitiano y afro, siempre te enseñan a pasar desapercibido y ahora pareciera que todos nos señalan”, dice.

Mantener un perfil bajo

La migración a Chile desde Haití comenzó de forma incipiente a principios de 2004, tras la instalación de la operación militar de paz dirigida por la ONU, de la que fue parte el Estado chileno. Se mantuvo con llegadas de menor escala hasta 2010, cuando ocurrió el terremoto en Puerto Príncipe. Desde ese momento se generó un crecimiento importante en la migración, que alcanzó su peak en 2017, con un registro de 104.782 ingresos de haitianos al país.

La integración de la comunidad haitiana en Chile también tuvo efectos en las cifras de nacimiento, en una población que cada vez tiene menos recién nacidos. Acorde a los datos del INE, del total de 35.864 nacimientos de madres extranjeras ocurridos durante 2022, las mujeres venezolanas lideraron la cifra, con un 20,3%; les siguen las madres madres peruanas, con 10,6%. La tercera nacionalidad que más aportó fueron las mujeres haitianas, con un 10,0%.

Rodrigo Sandoval, exjefe de Extranjería y académico de la Universidad Central, explica que “en 2009, aproximadamente, hay un aumento en las calificaciones de las personas que empiezan a llegar y aparecen varios profesionales jóvenes. El terremoto marca un crecimiento exponencial y, aunque siguen llegando profesionales, ese tipo de migrante comienza a diluirse y hay mayor cantidad de población obrera, con trabajos menos calificados”.

Daina Pierre fue parte de la camada de haitianos que emigró durante ese período. Llegó a Chile en 2012, cuando tenía 12 años. Aquí la esperaba su madre, que había llegado embarazada a Chile hacía seis meses. Pierre dice que a su familia le costó ahorrar los fondos para que viajara: su mamá debía hacer turnos dobles para conseguir el dinero para pagar los costos del viaje, que puede alcanzar hasta los $ 4 millones.

El cambio fue brusco para Pierre. El impacto de dejar a su padre y a su familia se sumó a que llegó a un lugar donde no podía comunicarse con nadie más que su madre. Ingresar a clases significó otro cambio. En ese entonces, en el Colegio María Sepúlveda, de la comuna de Quilicura, había solo tres niños haitianos. Pierre era una.

En ese tiempo recién comenzaba a asentarse la colonia haitiana en Quilicura, que se convirtió en un bastión para la comunidad de Haití. Del 62,6% de la población haitiana desplazada en la Región Metropolitana, un 6,5% se encuentra en Quilicura. Diversas fuentes consultadas explican que los precios baratos y el subarriendo, en conjunto con el plan comunal de 2015 –que contempló la integración de migrantes–, lo hicieron el lugar perfecto para establecerse.

Darse a entender era la mayor complejidad. “Fue demasiado fuerte, porque me hacían bullying por mi forma de hablar, por mi cabello, por mi color de piel. Me escupían en la comida, y cuando le contaba a mi mamá, lo que ella me decía era ‘trata de acostumbrarte. No respondas, eres la extranjera’. Tenía que pasar desapercibida, pero es difícil ser negra y llegar a una comunidad diferente y, peor aún, no saber hablar el idioma”, relata Pierre.

La sensación de encajar persistió. Los padres haitianos, relata, tienden a enseñarles a sus hijos a mantener un perfil bajo. Sin embargo, tras aprender el idioma y su paso a un nuevo colegio en la misma comuna para cursar la media, Pierre destacaba en todo: lideraba actividades, bailes, días de conmemoración y coordinaba el día interracial. Ya no era la única haitiana, una parte de sus compañeros eran migrantes.

Cuando cumplió 18 años decidió estudiar Hotelería y Turismo: se convirtió en la primera profesional de su familia. Dejó Quilicura y ahora vive con su pareja –también haitiano, que se encuentra en su último año de Ingeniería Civil– en Huechuraba.

Daina Pierre

Al igual que ella, Mary Maxine (24), quien llegó a Chile cuando tenía 15 años, fue parte de la generación de hijos de haitianos que llegaron al país a reunirse con su familia y, luego, ingresaron a la educación superior.

Maxine es la única que se graduó de la universidad en su familia. Ahora trabaja como ingeniera comercial en una constructora internacional: manejar el francés y el español la ayudó a conseguir el puesto.

“En la universidad era la única haitiana, pero en mi entorno había muchos haitianos que estaban estudiando. No era algo extraño que nos integráramos en trabajos diferentes a nuestros padres”, dice Maxine.

Aún así, el caso de los niños supuestamente extraviados de su país fue un paso en falso para esa adaptación. Maxine dice que hay una preocupación generalizada en la comunidad haitiana. La joven ingeniera relata que, incluso, hay haitianos que tienen miedo de ser confrontados en la calle. “De cierta forma, nos quitó eso de querer pasar desapercibidos. Algunos habíamos avanzado y, de pronto, regresó todo este cuestionamiento solo por ser haitianos”, agrega.

Miradas incómodas

Daina Pierre ha sentido los comentarios crecer a su alrededor. Le pasó hace poco: hace algunos días asistió a un control médico junto a su hijo, cuando los demás pacientes en la sala la señalaban y comentaban sobre el caso. Se sentía el tema de conversación de todos en cualquier parte que fuera.

“Yo me siento superincómoda. Todos hablan de lo mismo. En las micros escuchas comentarios pasivo-agresivos sobre el tema de los niños, es como que creyeran que todos los niños haitianos son los del caso”, dice Pierre.

El exjefe de Extranjería, Rodrigo Sandoval, señala que “la comunidad haitiana se siente constantemente expuesta frente a una sociedad que los sigue viendo como algo distinto, y para cumplir aquellas labores de menor prestigio que nadie más quiere hacer. En el imaginario chileno no está un haitiano que logra ascender socialmente. Ahora están mucho más expuestos y señalados”.

Para Mary Maxine esa exposición va de la mano con una sensación de desconfianza. Ella, incluso, pensó que sería más difícil encontrar a los 64 niños por el miedo que podrían sentir los padres al ser responsabilizados por las teorías de tráfico de migrantes que circulaban en redes sociales.

Edward Sultant, trabajador social y traductor de la Defensoría Penal Pública, señala que el principal problema es que la comunidad haitiana está siendo cuestionada por una negligencia de las instituciones chilenas: “Señalan a la comunidad y a las personas que traían a los niños y hablan de red de migrantes, cuando lo que deberían señalar son las instituciones chilenas que no tenían un buen seguimiento ni un control del proceso. Ahora los migrantes haitianos cargan con un estigma que es muy difícil de sacar”.

Esa carga, que tuvieron las primeras oleadas de migrantes, Pierre pensó que sería algo que jamás le tocaría vivir como adulta. Que sólo eran recuerdos de los años más duros, cuando recién llegó, no sabía hablar el idioma y era señalada por su color de piel.

Estos días, cuenta, ha vuelto a pasar algo que no sentía desde el colegio: que la miren “sólo por ser haitiana”.

Fuente: La Tercera

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