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El huracán (todavía) lleva tu nombre: un relato de Jaime Bayly

Periodista reportando noticias

En vísperas de la boda de mi hija en la ciudad del polvo y la niebla, comí con mi madre en su casa de jardines paradisíacos y me abstuve de probar los postres porque al día siguiente me exhibiría en sociedad y no quería verme tan gordo. Era un día soleado de verano. Radiante a sus ochenta y cinco años, mi madre bendijo los alimentos y, haciendo sonar la campanilla, gobernó la mesa, mientras pequeños pájaros de pechos rojos y amarillos remojaban sus plumas en la piscina.

Pensé que sería un almuerzo tranquilo, sosegado, placentero. No fue así. Con suaves modales y carácter recio, mi madre me pidió que me cortase el pelo esa misma tarde y me ajustase una faja para ocultar la barriga en la fiesta de mi hija. Una de sus empleadas me alcanzó varios ceñidores de tela, pero ninguno me quedaba, porque mamá estaba muy delgada. Luego mi madre hizo tintinear la campanilla, pidió unas tijeras y anunció que me cortaría los mechones allí mismo, sentados a la mesa, pero me negué a ser trasquilado, agriándole el ánimo. Cuando me preguntó si iría vestido de esmoquin y pajarita, como me había pedido mi hija en la invitación, le dije que no quería vestirme así y que, como yo había pagado la fiesta, me vestiría a mi conveniencia, con un traje negro, hecho a medida, y una corbata negra, la misma ropa que había usado en la primera boda de mi hija, celebrada meses atrás, en la ciudad que nunca duerme, donde ella y su novio residen y, muy ocasionalmente, trabajan.

A mi madre le pareció impresentable que yo fuese a las fiestas del casamiento, que eran dos, una en la tarde, la otra ya de noche, con el pelo largo, la panza abultada y la misma ropa que había vestido en la primera boda: el mismo traje, la misma camisa, la misma corbata, los mismos zapatos, las mismas medias, todo igual. Me puse necio y afirmé que, a mucha honra, iría pelucón y barrigón, sin esmoquin ni pajarita, y sentencié que, si alguien tenía quejas o reclamos sobre mi apariencia, podía enviar una carta a la Nunciatura Apostólica, o directamente al Vaticano. Yo no elijo el vestido de la novia ni el traje del novio y ellos no van a elegir cómo debo vestirme, le dije a mi madre, y ella sintió que, una vez más, yo la decepcionaba. Cuando nos despedimos, me pidió que pasara por ella al día siguiente para llevarla a la boda. A pesar de que estaba disgustado por sus delicadas invasiones en el ámbito de mi libertad, le prometí que pasaría a buscarla a las cuatro de la tarde.

No cumplí la promesa. A las cuatro en punto mi esposa y nuestra hija no estaban listas porque dedicaron horas a ser peinadas, decoradas y maquilladas por una corte de expertas mamonas en polvos, afeites y adornos. Cuando por fin estuvieron arregladas, le pedí a mi hermano, el ingeniero, hombre bueno si los hay, que pasara a buscar a nuestra madre, porque, la verdad, no quería correr el riesgo de que, una vez sentada en mi camioneta, ella siguiera criticando mi desaliñada apariencia: estás pelucón, estás panzón, arrastras los pies, te tiemblan las manos como viejito, cómo vas a ponerte la misma ropa que usaste en el primer matrimonio.

Manejando la camioneta, me perdí, tomé una bifurcación equivocada, terminé en los quintos infiernos y por eso llegué tarde a la casa de mi exsuegro, una hermosa mansión en las afueras de la ciudad. Al entrar, quedé impresionado por los numerosos hombres de seguridad que la custodiaban y las decenas de camionetas negras que habían transportado a la familia y los amigos del novio, llegados desde el país de las libertades, el país del odioso emperador rubicundo, a quien mi madre admiraba y yo detestaba. La casa de mi exsuegro parecía una fortaleza. No fue fácil para mí volver a esa mansión porque hace más de veinte años, cuando publiqué una novela titulada “El huracán lleva tu nombre”, mi exsuegro me echó de esa casa, entre amenazas a insultos, diciéndome: En tu libro has dejado como una puta a la madre de tus hijas, no entrarás más a esta casa. Temeroso de que me golpease, le respondí: No es verdad, porque si alguien queda como una puta en la novela, soy yo. Ahora, tantos años después, ¿debía enterrar el hacha del rencor, olvidar aquel antiguo agravio y regresar a la casa de la que me habían expulsado a gritos? Yo no quería volver, no quería ver a mi exsuegro en ese territorio, el suyo, que yo sentía hostil, peligroso. Pero tampoco quería desairar a mi hija, y ella me había invitado a las dos fiestas: la primera, en casa de mi exsuegro, y la segunda, en un club de polo, cercano a esa residencia. Por eso, bien aconsejado por mi esposa, me presenté en la mansión donde años atrás me habían tachado de persona non grata, y fui recibido con cariño, pues nadie me hizo un desaire, salvo mi madre, que me saludó secamente porque no había cumplido mi promesa de llevarla a la boda y, peor, había llegado tarde.

Para mi sorpresa, mi exsuegro, un próspero empresario hotelero, se acercó sonriendo, me saludó amablemente, me tomó del brazo y, alejándome de mi esposa, haciéndome sentir su autoridad, me llevó a los asientos de la primera fila y me ordenó sentarme en uno de ellos, al lado de mi madre. Lo obedecí porque no quería peleas, tensiones ni entredichos y porque sentí que él también había enterrado el hacha del rencor. Sin embargo, yo estaba tan subido de peso que el banco metálico cedió, el cojín que acogía mis posaderas se deslizó y terminé cayendo de culo en el jardín, lo que provocó las risas de mi madre y mi exsuegro, quien me dijo, celebrando la caída: Eso te pasa por estar tan gordo.

Terminada la ceremonia matrimonial, que no fue religiosa ni legal, y en la que habló en inglés, leyendo un discurso conmovedor, la madrastra del novio, hubo una sesión de fotos en los jardines de la residencia. Me refugié en la compañía de mis hermanos: el ingeniero, el minero, el deportista, el inversionista y el menor de todos, el más culto y refinado, un mago de las finanzas. Al lado de ellos, me sentía seguro, pues ninguno me criticó el pelo, la barriga, la ropa repetida, ni nada.

En el club de polo, siendo ya de noche, la fiesta resultó memorable. En una mesa reservada a mi familia, me senté al lado de mi madre y, a pesar del estruendo de la música, conversé con ella, o traté de hacerlo. Me pidió que votase por su candidato presidencial, un señor del Opus Dei, y le prometí que eso haría, pero mentí, porque no votaré por él, ni por nadie. Mamá disponía de un mozo asignado a ella, y yo gozaba de la protección de otro señor con corbatín y chaqueta, cuidándome las espaldas, sirviéndome un jugo de naranja tras otro. Hice una encuesta entre todos los camareros, y entre los varones de esmoquin que orinaban a mi lado en el baño, y todos me dijeron que votarían por el candidato favorecido por mi madre, el señor del Opus Dei. Pensé: no deja de ser curioso que yo esté pagando esta fiesta que más parece un mitin del candidato de mi madre, a quien todos llamaban Rafael. Cuando me preguntaban por quién votaría, mentía: Yo también votaré por Rafael. Y mi esposa me miraba de soslayo, como diciéndome: Eres un farsante, un embustero, siempre tonteas a la gente.

A medianoche, algunos bien pasados de tragos, los invitados bailaban sin inhibiciones. Yo me encontraba exhausto de tanto gritar para hacerme oír y abrumado por algunas canciones populares cuyas letras me parecían espantosas. Después de saludar a Mercedes y Gladys, y a Haydee, Rocío y Laurita, las mujeres que cuidaron a mis hijas cuando eran niñas, le dije a mi esposa que debíamos irnos, pues ya era hora de tomar mis pastillas. Nos fuimos sin rodeos porque yo no daba más. La fiesta continuó hasta las seis de la mañana, pero, como no bebí licores, y como hice el ridículo bailando, me pareció prudente emprender la retirada, no sin antes despedirme de la novia, que lucía espléndida. Al día siguiente, ella me escribió un correo, informándome de que había algunas cuentas adicionales por pagar. Le respondí que por favor se las enviase a mi madre. Me he quedado seco de fondos, me disculpé. Estoy aguja, añadí, que es como los jóvenes en esa ciudad, también llamados flacos, se describen a sí mismos cuando están cortos de dinero.

Fuente: La Tercera

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