Tras el despliegue impecable de Pet Shop Boys, Rodrigo Villegas apostó por el manual clásico del Festival: referencias ochenteras, humor corporal y sexual incluso leyendo en voz alta las críticas que lo tildan de “básico”. En el imaginario de la Quinta persiste la idea de que el doble sentido explícito es un atajo hacia las risas, y Villegas no intentó desmentir ese prejuicio: lo explotó
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Rodrigo Villegas partió sin apuro. La Quinta Vergara todavía estaba impregnada del pulso electrónico de Pet Shop Boys y buena parte del público parecía quedarse con ganas de seguir en esa frecuencia. Pero el ex rostro de Morandé con Compañía y Coliseo entendió rápido el clima y decidió entrar por ahí: abrió con un chiste sobre los Thundercats, un guiño ochentero preciso que conectó de inmediato con una audiencia que, en su mayoría, había llegado a ver al dúo británico.
Desde ese punto, Villegas construyó una rutina apoyada en referencias generacionales y códigos pop de los años 80 y 90, combinando música y relato en un show que apeló a la memoria compartida.
Las canciones que fue incorporando a lo largo de la rutina le permitieron a Villegas interactuar con la Quinta, que respondió con complicidad. El formato —simple, reconocible, apoyado en remates musicales— funcionó en un comienzo y le dio aire para instalar su tono.
En ese primer tramo, el comediante volvió sobre un eje clásico en su repertorio: el sobrepeso, los intentos frustrados por ir al gimnasio y la eterna promesa de ponerse en forma. “Entré a la ducha del gimnasio y vi a puros gorditos… me sentí en mi hábitat”, lanzó, provocando risas.
Sin embargo, aunque la rutina se acopló al público y mantuvo un ritmo estable, le costó despegar en esos minutos iniciales. Había conexión, pero todavía no aparecía ese remate que terminara de encender a la Quinta.
Los chistes eran simples, directos, construidos desde la observación cotidiana y la autoparodia.
Nada de grandes conceptos ni apuestas estéticas arriesgadas. En ese sentido, el contraste con el espectáculo futurista y deslumbrante de Pet Shop Boys –que lo antecedió– era evidente.
Pero esa distancia, más que un problema, es parte del ADN del Festival de Viña. En cuestión de minutos, la Quinta puede transitar desde una experiencia electrónica diseñada para arenas del mundo a una rutina basada en chistes sobre la depilación masculina, el tamaño del pene, la gordura y los dibujos animados de los años 80. Son códigos distintos, energías opuestas, públicos que se superponen.
Francisco Paredes The Clinic
Y, sin embargo, conviven. Ese es el espíritu de Viña: un escenario donde pueden encontrarse dos mundos completamente ajenos.
Su espectaculo incorporó imagenes con inteligencia artificial –al igual que el show de Kramer– en el que el humorista comparó su cuerpo depilado con el personaje Jabba the Hutt de Star Wars.
Villegas continuó con su fórmula, luego narró chistes respectos a la duración en la cama. En un lenguaje chileno y cotidiano. Un humor que no es del agrado de todos, pero si de una mayoría.
Villegas no desconoció las críticas a su estilo, de hecho leyó las críticas a su pasado show en la Quinta Vergara el año 2023: Un show básico, puros chistes de peo, poto y pico”, leyó.
Lo hizo sin ánimo defensivo, casi como quien confirma el diagnóstico. En el imaginario festivalero se ha instalado hace años la idea de que al público chileno siempre le van a resultar “los chistes del pico”, que el humor sexual es un atajo seguro hacia la carcajada masiva.
Villegas juega en ese terreno con plena conciencia. No intenta desmentir el prejuicio: lo explota. Su apuesta no es elevar la vara sino asegurar el efecto. Y en esa decisión —para algunos cómoda, para otros efectiva— hay también una lectura del escenario más impredecible del país.
Chites de Neme
El show de Villegas siguió por una veta reconocible: la contingencia convertida en ajuste de cuentas. Esta vez el blanco fue uno de los protagonistas inesperados de esta edición del Festival de Viña del Mar: el conductor de Mucho Gusto, José Antonio Neme, quien la noche anterior se había robado cámaras al subirse al escenario para bailar con Gloria Estefan.
Villegas lo trajo de vuelta al centro de la Quinta, señalando que el animador anteriormente desestimó su propuesta humorística y la calificó como “colegial” o “de fonda”. El comediante no dejó pasar la oportunidad y respondió desde el escenario con una frase que sonó a declaración de principios: “Para hacer humor en una fonda tienes que ser muy bueno”. No fue solo una réplica, sino una reafirmación de estilo.
En otro tramo de la rutina, Villegas apeló directamente a la nostalgia televisiva e incorporó a los Blondon Boys, el recordado dúo humorístico que integró junto a Claudio Moreno en Morandé con Compañía. La aparición del segmento —con Moreno quien se hizo conocido por personificar al clásico personaje de Guru Guru— operó como guiño a su trayectoria y refuerzo de marca propia: Villegas volvió sobre un formato probado, ese humor de dupla, exagerado y reconocible, que marcó a una generación de televidentes y que en la Quinta encontró, otra vez, terreno fértil.
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La rutina le significó la entrega de la gaviota de plata, ratificando su tercera jornada de éxito en el escenario de la Quinta Vergara. En el retorno al escenario tras la entrega de premios Villegas se mantuvo firme con su fórmula, lo que le valió la entrega de la gaviota de oro.
Fuente: The Clinic