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Boric y la ceremonia del adiós: el final de una ilusión generacional

Periodista reportando noticias

"La ceremonia del adiós no es solo el cierre de un mandato; es también el cierre de una ilusión generacional. La épica estudiantil que alimentó el ascenso al poder no bastó para sostener una estrategia de transformación sostenida", comenta Marco Moreno en su columna semanal, en la que analiza el fin del gobierno de Gabriel Boric y la incómoda pérdida de poder durante el período de transición para entregar al mando a su sucesor.

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Hay momentos en que el poder se termina antes de que el gobierno concluya. Los últimos días de la administración de Gabriel Boric parecen confirmar esa regla no escrita de la política. A pocos días del traspaso de mando, la tensión abierta con el presidente electo José Antonio Kast ha terminado por teñir de aspereza lo que, en teoría, debería ser el ritual sobrio de la alternancia democrática: la ceremonia del adiós.

El fin de un gobierno no es solo un hito administrativo; es, ante todo, un momento de verdad política. Carlos Matus lo retrata con fuerza en las primeras páginas de Adiós, señor presidente. Allí describe el último día de un mandatario que deja el poder entre el bullicio de la ceremonia, la euforia popular y la soledad íntima del que advierte, demasiado tarde, la distancia entre lo prometido y lo realizado. La escena es festiva y cruel a la vez: “Es fiesta, es castigo, es premio y también una borrachera de esperanzas”. La ceremonia del adiós sintetiza así la ambivalencia radical de la política democrática: celebración de la alternancia y juicio público del desempeño.

En esa escena inicial, el presidente constata que la rutina desplazó su voluntad creativa, que perdió la sensación de conducir y que la realidad lo llevó hacia resultados que él no había escogido. El tiempo, al comienzo lento, “galopó hasta el vértigo hacia el final”. La ceremonia del adiós es entonces el instante en que el gobernante advierte que gobernar no es solo tener un proyecto, sino poseer capacidades de gobierno. Matus insiste en que la crisis de nuestras democracias no proviene solo de malas ideas, sino de déficits en los métodos y técnicas para transformar decisiones en resultados, en la articulación entre política, organización y recursos. El problema es tecnopolítico.

Desde la ciencia política, el momento del traspaso encarna al menos tres dimensiones. Primero, la dimensión institucional: la alternancia pacífica como prueba de consolidación democrática. Segundo, la dimensión simbólica: el poder deja de residir en una persona y se desplaza hacia otra investidura, recordando que el mando es transitorio. Tercero, la dimensión evaluativa: la ceremonia opera como un plebiscito retrospectivo. El gobernante saliente ya no es el crítico del pasado, sino el objeto de la crítica. El juicio se formula sobre promesas incumplidas, prioridades postergadas y oportunidades desaprovechadas.

El 11 de marzo Gabriel Boric dejará La Moneda. Su generación llegó con un mandato transformador, impulsada por la épica del cambio y la promesa de superar un ciclo político. Sin embargo, el balance aparece más bien discreto. No por ausencia total de reformas, sino por la brecha entre expectativa y capacidad. La energía inicial fue absorbida por la contingencia, la fragmentación del sistema político y la inexperiencia en la gestión del aparato estatal. Como en la escena descrita por Matus, la maraña burocrática, las presiones cruzadas y la lucha diaria por la sobrevivencia política desplazaron el horizonte estratégico.

La generación que irrumpió para cambiarlo todo terminó administrando restricciones. La promesa refundacional chocó con una realidad institucional resistente y con una sociedad más escéptica. En términos matusianos, faltó cálculo interactivo frente a adversarios con capacidad de veto; faltó articulación entre plan y presupuesto; faltó, en suma, convertir el proyecto político en operaciones viables capaces de preceder y presidir la acción cotidiana. El riesgo del voluntarismo —la ilusión de que la voluntad política basta para transformar la realidad— acecha siempre a gobiernos que subestiman la complejidad de gobernar.

Los últimos días del gobierno han agregado, además, un tono más áspero a esta escena final. El quiebre político entre el presidente Boric y el mandatario electo José Antonio Kast, en medio del proceso de traspaso, ha tensionado un momento que en las democracias suele cuidarse como un ritual republicano. Las transiciones son, por definición, períodos de poder compartido y ambiguo: uno todavía gobierna, pero el otro ya comienza a ejercer influencia real sobre la agenda. Cuando esa convivencia se deteriora, la ceremonia del adiós deja de ser solo un acto institucional y se convierte también en un campo de fricción política.

En el caso chileno, además, la extensión inusualmente larga del período de transición —casi tres meses entre la elección y el cambio de mando— crea incentivos para ese desgaste. El gobierno saliente pierde capacidad de conducción, mientras el entrante todavía no asume plenamente la responsabilidad de gobernar. El resultado es un espacio intermedio donde el poder se diluye y las tensiones se amplifican. Así, la ceremonia del adiós adquiere en esta ocasión un matiz más amargo: no solo marca el balance de un ciclo político, sino también el roce anticipado entre el gobierno que se va y el que está por comenzar.

La ceremonia del adiós no es solo el cierre de un mandato; es también el cierre de una ilusión generacional. La épica estudiantil que alimentó el ascenso al poder no bastó para sostener una estrategia de transformación sostenida. La política, recordaba Matus, exige pensar antes de actuar y calcular antes de decidir. Cuando esa reflexión se posterga, la realidad termina imponiendo su propio guion.

El 11 de marzo la democracia chilena volverá a demostrar su fortaleza institucional con un nuevo traspaso de mando. Pero detrás del ritual republicano quedará algo más que el cambio de banda presidencial. También quedará el balance de una generación que llegó al poder con promesas de transformación y que termina despidiéndose entre expectativas incumplidas, capacidades insuficientes y una ceremonia del adiós que, lejos de la épica con la que comenzó su ciclo, hoy se parece más a un sobrio ajuste de cuentas con la realidad.

Fuente: The Clinic

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