“El reloj está corriendo en esta competencia entre grandes potencias, y el éxito o el fracaso se medirá en meses, no en años”, afirmó el director de la NASA, Jared Isaacman, una semana antes del despegue de Artemis II. Razones tiene. Luego de múltiples retrasos en su programa espacial, la agencia estadounidense planea alunizar en 2028. China, por otro lado, prevé lograr lo mismo en 2030.
Esta semana, la tripulación de Artemis II sobrevoló exitosamente la Luna a bordo de la cápsula Orión, rompiendo el récord de la mayor distancia alcanzada por la humanidad en el espacio exterior. El equipo de cuatro astronautas llevó a cabo la misma hazaña que Apolo 8 logró en 1968. Y, al igual que en los 60, el enfoque de la NASA y la administración de Donald Trump no es solo materializar una proeza histórica, sino vencer a un país rival que comparte sus objetivos.
El lanzamiento de Artemis II, el 1 de abril.
Luego de múltiples retrasos por problemas técnicos que postergaron el lanzamiento de Artemis II por años –en primera instancia, la misión estaba agendada para noviembre de 2024–, el calendario de la NASA y el de la Administración Espacial Nacional de China han acortado distancias. Con ambas naciones planeando alunizar en el satélite natural de la Tierra con el propósito de establecer bases permanentes en su polo sur, el discurso de Washington adoptó un tono competitivo. Solo EE.UU. ha puesto astronautas sobre la Luna (seis ocasiones): la primera vez en 1969 y la última en 1972.
El día del lanzamiento de Artemis II, el Presidente Trump afirmó a través de la plataforma Truth Social que “Estados Unidos no solo compite, DOMINA, y el mundo entero nos observa”. Por otro lado, el director de la NASA, Jared Isaacman –quien llegó al cargo en diciembre de 2025–, se ha referido a China como “un verdadero rival geopolítico que desafía el liderazgo estadounidense en el espacio”.
En contraste con su postura, Beijing ha negado la existencia de una nueva competencia por el espacio. En noviembre de 2025, la ministra de Asuntos Exteriores de China, Mao Ning, afirmó que su país “no tiene la intención de participar en una carrera espacial, ni buscar la llamada ‘superioridad espacial’”. Beijing se ha abstenido a cumplir con su programa espacial paso a paso, sin contratiempos.
La línea de meta
Helio, hidrógeno y hielo. Estos son los recursos presentes en el polo sur de la Luna, donde tanto China como Estados Unidos planean instalar establecimientos lunares con fines comerciales y científicos, además de servir como puestos de avanzada para lanzar misiones a destinos como Marte. A diferencia de la primera carrera espacial, esta vez el objetivo final no es solo alunizar, sino establecer una presencia duradera y sustentable en el astro.
De acuerdo con Namrata Goswami, profesora de Seguridad Espacial en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad John Hopkins, “esto no es una repetición de la competencia simbólica de la Guerra Fría, sino una contienda a largo plazo sobre quién construye, gobierna y se beneficia de la próxima fase de la expansión humana en el espacio”.
La tierra desde la cara oculta de la Luna
La carrera, según Goswami, se hizo realidad cuando ambas potencias transitaron desde la “exploración episódica” a un “desarrollo sostenido y competitivo de infraestructuras en la Luna”. En su perspectiva, estas “arquitecturas rivales” son representadas por la creación de alianzas estratégicas por parte de ambas potencias con países alineados con sus intereses.
Dentro de los objetivos de Estados Unidos, Goswami destaca “establecer una presencia humana y robótica sostenida en la Luna, en un marco basado en reglas y alianzas, institucionalizadas a través de los Acuerdos de Artemis”. Estos acuerdos –formulados en 2020 por EE.UU.– son una serie de compromisos políticos no vinculantes en torno a la exploración del espacio y sus cuerpos celestes, que han sido firmados por más de 60 países. De concretarse el alunizaje agendado para 2028, la NASA planea empezar a construir su base lunar mediante misiones espaciales anuales.
En cuanto a los objetivos de China, la profesora apunta que Beijing busca establecer un modelo “cívico-militar dirigido por el Estado a través de la Estación Internacional de Investigación Lunar”. Esta estación fue anunciada en 2021 y es producto de la colaboración entre las agencias espaciales de Rusia y China, un proyecto al cual han adherido más de una decena de países. A diferencia de los Acuerdos de Artemis –que se centran en alianzas multilaterales–, Goswami indica que la potencia asiática busca “dar forma a una arquitectura de gobernanza en la Luna centrada en China”. Con este fin, Beijing planea alunizar en 2030 y contar con una base operativa en 2035.
La plataforma de lanzamiento del cohete Long March-2F antes de la misión espacial Shenzhou-19 a la estación espacial china Tiangong, en el Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan, cerca de Jiuquan, provincia de Gansu, China, el 29 de octubre de 2024. Florence Lo
La idea de que China podría intentar establecer un control prioritario sobre el astro ha estado presente en la administración de Trump. En 2025, el director interino de la NASA y actual secretario de Transportes de Estados Unidos, Sean Duffy, anunció que se otorgaría prioridad al desarrollo de un reactor nuclear en la Luna. El plan para generar energía en el astro es compartido por China y Rusia, que buscan desarrollar un reactor por su cuenta. Por esto, la justificación de la NASA para acelerar su programa energético es que el primer país en conseguir una base de este tipo podría declarar “una zona de exclusión que inhibiría significativamente a los Estados Unidos”.
Victoria Samson, directora general de Seguridad y Estabilidad Espacial de la Fundación Secure World –una organización sin fines de lucro orientada al desarrollo sustentable en el espacio, basada en Washington–, afirma que “mucha gente cree que China va a replicar su política del Estrecho de Taiwán en la Luna”, pero dice que la idea no le parece convincente.
“Parte del discurso de por qué necesitamos llegar primero a la Luna es porque queremos establecer las normas y procesos para que la gente siga nuestra forma de hacer las cosas”, dice Samson. Sin embargo, opina que, aunque se puede intentar “sentar un precedente”, no por eso las demás naciones lo obedecerán. Y, debido a la gran cantidad de países que firmaron los Acuerdos de Artemis en comparación a los adherentes al proyecto de la estación lunar de China, Samson concluye que es “mucho más probable que nuestras normas sean las seguidas”.
¿China a la delantera?
No ha pasado desapercibido en la NASA el sostenido avance del programa espacial de China. En palabras del director de la agencia: “Si la historia reciente nos enseña algo, es que podríamos estar llegando tarde”. Con logros como la obtención de muestras de suelo de la cara oscura de la Luna –una hazaña que solo Beijing ha conseguido–, el rápido avance del programa espacial chino es uno de los motivos de la premura de la administración de Trump por alcanzar el astro.
Según Alejandro Laurnagaray de Urquiza, profesor de Seguridad Espacial y autor del libro Geopolítica del Espacio Exterior: la Nueva Carrera Espacial y el amanecer de la Astropolítica, no se puede asegurar que “un actor lleve la delantera en forma marcada”. Desde su perspectiva, mientras que Estados Unidos está “un paso adelante en misiones tripuladas en la Luna, tecnología satelital y lanzaderas espaciales parcialmente reutilizables”, China cuenta con logros que Occidente no ha conseguido.
Muestras lunares del programa de exploración lunar chino, la misión Chang'e-5, se exhiben en una exposición en el Museo Nacional de Pekín. TINGSHU WANG
Para dar un ejemplo de las capacidades de Beijing, Laurnagaray explica que, en Artemis II, “la nave Orión perdió comunicación con la Tierra por una hora al transitar por la cara oculta de la Luna, ya que la NASA no tiene capacidad para comunicarse en esa región. Pero China sí tiene el satélite Queqiao”. Este dispositivo fue puesto en órbita en 2018 y puede retransmitir mensajes desde el lado oscuro del astro y su polo sur. Además, el académico apunta que el país cuenta con una estación espacial propia, un satélite cuántico único en su tipo y el sistema BeiDou, que es un homólogo de la tecnología GPS.
Para Goswami, “el liderazgo de China se puede medir a través de la ejecución constante del programa lunar Chang’e” y el apego a su “hoja de ruta claramente definida”. En comparación, “Estados Unidos conserva ventajas tecnológicas y de alianzas, pero ha experimentado retrasos y una fragmentación institucional que han ralentizado el cumplimiento de sus plazos para la exploración lunar”, añade.
Por su parte, Samson opina que como China “no es una democracia”, es más fácil para su gobierno decir “esto es lo que vamos a hacer”. “No tienen toda la fluctuación que tenemos nosotros”, indica. La experta apunta que uno de los problemas de Estados Unidos es que cada administración presidencial tiene una prioridad diferente, además de que Trump “destripó a la NASA” mediante el despido de funcionarios y el recorte de presupuestos. Por último, añade que China ha tenido la meta de llegar a la Luna en 2030 desde hace varios años, mientras que EE.UU. ha postergado su lanzamiento en diferentes ocasiones.
Fuente: La Tercera